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Caja de Poemas

El Terrorista de la Pieza 39

Escrito por Hanner José Freyle Nieves @HannerJoseFreyl

A eso de las cinco de la tarde, el vigilante del supermercado fue alertado por un vendedor ambulante de la presencia de un campero Suzuki, placa RTP039, bastante deteriorado que había sido abandonado en el parqueadero. De inmediato; en sus mentes se dibujaron las imágenes del atentado al exministro Londoño Cuellar. Los dos, cual detectives profesionales se acercaron al campero y coincidieron que ambos lo habían visto aproximadamente desde las ocho de la mañana. A una distancia prudente auscultaron el auto y cruzaron la información de lo que cada uno sospechaba, les llamó mucho la atención una tula de uso militar en muy mal estado que tenía en su interior un paquete recubierto con una bolsa negra. No se necesitó de mucho tiempo para llegar a la conclusión que cada uno tenía en sus mentes antes de percatarse de la presencia maligna del bendito carro. No quedaba, ni la más mínima duda, “se trataba de un carro bomba”.

Convocados por una llamada anónima que notificó la posible desgracia: el cuerpo antiexplosivo de la Policía, el CTI de la Fiscalía, el Gaula del ejército, el periodismo en masa, detectives públicos y privados hicieron presencia en el sitio. El lugar fue acordonado para evitar que la imprudencia de los transeúntes provocara una catástrofe de mayores proporciones; sin embargo, a escasos diez metros del trágico sitio en una masa inquieta de gentes se narraban episodios; algunos ya sucedidos, otros por suceder. Rodeado de la multitud: un soldado contaba como perdió la oreja izquierda en combate con la guerrilla, un cuentachistes le mamaba gallo a la vida contando anécdotas de personajes que se habían salvado de puro milagro, un grupo de la tercera edad, expertos en política; analizaba el caso de Sigilfredo López, un pastor evangélico anunciaba el apocalipsis a la vez que imploraba el poder y la sangre de Cristo para desactivar la carga diabólica. El vendedor de mangos, el lotero, el vendedor de sahumerios, el lustrabotas, el vendedor de los minutos, el desplazado; hacían su agosto prometiendo ilusiones con sus productos, mientras que esperaban el final de aquella novela de la vida real para contarle al mundo el desastre causado por la onda explosiva.

El horizonte oscuro del ocaso vespertino presagiaba la desgracia invernal que el chamán del noticiero a través de la imagen satelital había pronosticado por el fenómeno de la niña; grandes nubarrones en el cielo, con tenues descargas eléctricas mostraban el inminente aguacero que caería sobre la cuidad; en tanto, la multitud seguía concentrada en conocer el triste final del acto terrorista que muy pronto enlutaría la ciudad. La desactivación de la bomba estaba a cargo de un robot antiexplosivos y un agente experto en el tema, en la medida que el robot indicaba, con parsimonia e inteligencia el agente avanzaba; El profundo suspenso que dominaba la escena era interrumpido a segundos por silenciosos truenos y la oscuridad sepulcral que reinaba en el ambiente desaparecía en instantes por el flash intermitente de una pertinaz llovizna que poco a poco iba aumentando su precipitación; de repente, un fuerte estruendo estremeció a toda la ciudad, acompañada de una luz profunda y una descarga eléctrica, una centella impactó en el transformador del parqueadero provocando un voraz incendio, la multitud de curiosos salió despavorida tratando de esquivar las esquirlas de la onda explosiva.

A eso de las nueve de la noche los bomberos habían sofocado las llamas y en medio del siniestro se podía percibir el campero totalmente intacto; mientras que, en la pieza 39 de un motel de la ciudad, su dueño, activa por décima vez la bomba sicalíptica que lleva adherida a su alma, su cómplice suelta un luctuoso grito que la hace explotar de felicidad.

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