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Así opinan

El tejido del pensamiento arhuaco: Hipólita Izquierdo y el sagrado femenino en la Sierra Nevada

Por: Yarime Lobo Baute

Homenaje a la lideresa de Nabusímake

Todo en el universo es un tejido vivo; la conciencia misma es ese hilo invisible que une los pensamientos, las acciones y el espíritu con la gran red de la existencia. Cada palabra que pronunciamos, cada intención que guardamos y cada decisión que tomamos forman nuevas hebras en este telar sagrado de la vida. Cuando despertamos a esa verdad profunda, comprendemos al fin que nada está separado: lo que hacemos por nosotros también toca a los demás, a la tierra y a las generaciones que vendrán. Vivir con conciencia es tejer con amor. Y en el centro de ese telar infinito, sosteniendo con firmeza de roca las esquinas del mundo, está ella: la mayora María Hipólita Izquierdo Torres.

El origen de este hilo nos transporta a una Bogotá fría, allá por el año 2011. Entre los pasillos de Corferias, donde el cemento y el bullicio de la prisa urbana intentan apagar los cantos de la tierra, ocurrió un encuentro que no pertenecía al azar, sino al sabio designio de los mayores. En esa feria nos tropezamos dos mujeres creadoras. Yo llegaba allí expandiendo los trazos de mis obras en camisetas, bolsos, mugs y llaveros; objetos cotidianos que portaban una pintura gestada en el silencio del alma, un arte sutil que brotaba como un eco del origen. Y en un rincón de ese mismo espacio, envuelta en la pureza blanca de su manta, estaba María Hipólita revelando la sabiduría de su pueblo a través de sus creaciones.

Nuestras miradas se cruzaron y un lazo invisible se anudó entre nosotras. Hubo una revelación silenciosa en ese instante, la certeza de que los pinceles y los hilos obedecían a una misma fuerza misteriosa. Como bien lo intuyó el poeta César Molina al contemplar la raíz de mis lienzos, la creación no es un ejercicio de la vanidad o de la técnica occidental, sino un puente con lo sagrado:

“Y la artista tomando la paleta en su mano maestra…
Traza del mundo dormido el trágico alarido del mundo originario…
La magia del color de nuestra Sierra…
Los rostros sabios de nuestros hermanos…
Las manos que nombran el trabajo… sus ritos milenarios…
El agua de la vida que fluye cristalinamente…
La luz del sol que calienta su irrevocable canto a la vida… y la esperanza…”

Al leernos mutuamente en medio de la multitud, descubrimos que los acrílicos cargados de color con los que yo pintaba y los hilos que ella hilaba cantaban la misma tonada ancestral. Ella con la lana y yo con el pincel estábamos llamadas a resguardar el alma de esos seres sagrados que, cuando el día termina, caminan taciturnos envueltos en la tenue luna que sabe de sus mitos y leyendas, esa luna que aprecia su valor y guía sus pasos en la densa cadera de la selva. Allí nació una amistad pura y transformadora, un vínculo entrañable que con los años se extendió con la misma ternura hacia su hija, Teresita, quien se convirtió en la guardiana de nuestros mensajes y en el puente afectivo que acorta las distancias entre la Sierra Nevada y el mundo exterior. Para muchos, ella es simplemente Hipólita, un nombre que resuena con la cercanía de una hermana y la autoridad mística de una matrona de las cumbres.

Esa complicidad nacida en la capital no tardó en expandirse hasta tocar las fibras de su hogar y fundirse con la historia misma del territorio. El Sakuko Mayor José Camilo Niño Suárez, esposo de María Hipólita y máxima autoridad político-tradicional de la comunidad, construyó un lazo de inmenso afecto y respeto conmigo. En aquellos tiempos en que todavía caminaba este plano, el Sakuko era un hombre de una calidez y atención extraordinarias. Cada vez que bajaba del resguardo hacia Valledupar, me honraba con su visita en mi casa estación galería Los Lobeznos. Llegaba siempre acompañado de su hija Teresita, transformando mi espacio artístico en un territorio de tertulia, respeto mutuo y saberes compartidos. Ver al gran guardián de la Sierra cruzará el umbral de mi galería para sentarse a conversar, despojado de las distancias institucionales y revestido de un afecto genuino, dejó una huella imborrable en mi memoria y en mi sensibilidad como artista. Sus palabras eran bendiciones que se quedaban flotando entre las texturas de mis cuadros en acrílico, tendiendo un cable a tierra entre la urbe vallenata y los picos nevados.

De esa gran red familiar que tejía el Sakuko con su presencia, brotó otro lazo bendito a través de la palabra: mi profunda amistad con Luis Ángel, su hijo. Aunque la sangre biológica lo unía directamente a su padre, el Sakuko José Camilo Niño, en esa casa de la Sierra los hilos de la vida se trenzan de otra manera. Hipólita, con la inmensidad de su corazón de matrona, acogió a cada uno de los hijos de su compañero como si hubieran nacido de sus propias entrañas, cobijándolos bajo el mismo manto de amor, cuidado y guía espiritual. Luis Ángel creció al amparo de ese hogar inmenso y se convirtió en un espíritu libre, un poeta de su propia tierra, un revolucionario del amor que supo usar la modernidad de las redes para expandir el pensamiento de su pueblo hacia el mundo entero. Luis Ángel no hilaba lana, pero era un tejedor continuo a través de la poesía; con sus versos creaba grandes mantos invisibles con los que arropaba el alma de todo aquel al que llamaba amigo. Yo tuve la inmensa fortuna de ser llamada amiga por él, de cobijarme bajo la generosidad de su intelecto y de entender, gracias a nuestras largas conversaciones, que la resistencia arhuaca también se ejerce con la belleza de las letras y la ternura de los afectos.

Pasaron los años, y el hilo que tiraba de mi corazón me llevó a buscar a Hipólita en su propio vientre sagrado. Para entender el misterio que habita en sus manos, hay que emprender el viaje espiritual hacia las alturas. Dejar atrás la civilización en Pueblo Bello y tomar el camino hacia Nabusímake es un reto que estremece el cuerpo y limpia el espíritu. Es una vía agreste, desdibujada por la erosión, una trocha de piedra, abismos y polvo que parece sacada de un relato de realismo mágico donde la gravedad misma se pone a prueba y las distancias se ensanchan al ritmo de los latidos del corazón. Cada sacudida del viaje es un recordatorio de que ascender al origen requiere templanza. Subir por ese camino es, en realidad, romper de tajo con el mundo del “hermano menor”, despojarse del ruido, del ego y del afán de las ciudades, para adentrarse lentamente en otra dimensión del tiempo y de la existencia. Es un tránsito donde el alma se va desnudando a medida que la vegetación cambia y el aire se vuelve más frío y puro.
Al final de esa ruta escarpada, rodeada de picos que rozan el cielo y arropada por una neblina perpetua que parece guardar los secretos del mundo, aparece Nabusímake. Su nombre es un conjuro sagrado que resuena en las piedras: significa “el lugar donde nace el sol” o “tierra donde nació el sol”. Y la primera vez que pisas sus calles de piedra y contemplas sus casas de muros de barro blanco con techos de paja, comprendes que el sol no solo nace allí en el horizonte físico; allí nace la luz del pensamiento puro, el amanecer de la conciencia humana.

Nabusímake es la capital espiritual, el ombligo ceremonial del pueblo Iku. Es un santuario de silencio y resiliencia donde el tiempo se detiene, las piedras hablan si se sabe escuchar y el viento trae los consejos milenarios de los antiguos mamos.
Hospedarse en el hogar de María Hipólita en Nabusímake fue un honor que guardo en el cofre de mis recuerdos más sagrados. Ser recibida en el santuario de esta matrona, compartir la comida tradicional, la palabra pausada alrededor del fuego y el abrigo de su hospitalidad fue un acto de generosidad mística que lavó mis cansancios occidentales. En ese viaje, con el orgullo de quien resguarda un tesoro vivo para la humanidad, ella me mostró las instalaciones donde opera la organización de mujeres tejedoras que lidera con pulso firme y amor de madre: el Taller Artesanal Ati Kinchukwa.

Hipólita Izquierdo es una Vigía de Patrimonio innata. Nadie le otorgó ese título en una fría oficina gubernamental o mediante un decreto de papel; se lo otorgó la Ley de Origen, el murmullo de los ríos sagrados y la herencia viva de sus ancestros. Su labor va mucho más allá de coordinar la creación y salvaguarda de piezas artesanales; ella es la auténtica garante de mantener viva la tradición ancestral del pensamiento de mujer. En sus manos, las mochilas arhuacas dejan de ser meros objetos de intercambio para convertirse en un contenedor sagrado del universo entero. Tejer una mochila arhuaca es un acto litúrgico, una meditación en movimiento donde la tejedora plasma la cosmovisión del mundo en una espiral interminable que nace desde la base misma del suelo y se expande en hilos hacia el cielo.

Cada diseño es una puntada de pensamiento puro; los intrincados patrones geométricos albergan una simbología maravillosa que habla de los ríos que danzan, los cerros sagrados que custodian, los caminos sinuosos del jaguar y, sobre todo, del sentir profundo de la mujer como dadora de vida, tejedora de comunidad y guardiana absoluta del equilibrio universal. Hipólita vigila celosamente que ese lenguaje secreto de los diseños no se contamine con la mirada mercantil y superficial del exterior, enseñando a las niñas de la comunidad que cada hilo es una línea de la historia de su pueblo que no se puede borrar.

Pero esta crónica mágica también debe ser un espacio de profundos honores y de sutiles ausencias que se vuelven presencia constante en el aire de la Sierra Nevada. Sostener hoy el tejido comunitario es un acto de valentía suprema para Hipólita, porque le ha tocado continuar el camino sin la compañía física de dos de sus más grandes pilares. Hoy recordamos con una reverencia que quema el pecho la memoria de su esposo, mi recordado amigo el Sakuko Mayor José Camilo Niño, y de su amado hijo Luis Ángel, quienes hoy ya no nos acompañan en este plano terrenal. En la cosmovisión de la Sierra, los líderes tradicionales y los poetas no mueren; se mudan al territorio de los espíritus, allí donde el pensamiento se vuelve viento y la carne se hace montaña. El Sakuko José Camilo Niño fue la autoridad que con su bastón de mando defendió el territorio, el orden y la autonomía de su pueblo frente a los atropellos y despojos del exterior. Y Luis Ángel, el tierno revolucionario de las palabras, se ha convertido en el verso que susurra la brisa entre los árboles de nabo y los pozos sagrados. Aunque hoy el frío de su ausencia física cala los huesos, el realismo mágico de la Sierra nos demuestra que ambos siguen allí, vigilantes. Se han transformado en la neblina que abraza las cumbres de Nabusímake al amanecer, en el susurro de las hojas de los árboles centenarios y en la fuerza invisible que guía el pensamiento de la comunidad. Mientras las manos de Hipólita sigan moviendo las agujas, ellos siguen caminando firmes a su lado.

Al ver el flyer que anuncia el lanzamiento de esta crónica virtual, María Hipólita, con esa sabiduría generosa y templada que la caracteriza, nos hizo llegar un mensaje a través de los ojos y las manos de su hija Teresita, un testamento de luz que parece dictado por la misma Sierra Nevada y que estremece el alma por su profunda verdad y humildad:

“Yarime Lobo, Vigía Patrimonio y a la Red Colsafa: Recibo este homenaje con el corazón lleno de gratitud, porque representa una oportunidad para compartir nuestros saberes, nuestras raíces y la conexión espiritual que hemos heredado de nuestros pueblos. Que esta crónica siga siendo un puente para visibilizar nuestras historias, la sabiduría de nuestras mujeres y el vínculo sagrado con la Madre Tierra.
Todo en el universo es un tejido vivo. La conciencia es el hilo invisible que une nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro espíritu con la gran red de la existencia. Cada palabra, cada intención y cada decisión forman nuevas hebras en este tejido sagrado.
Cuando despertamos a esta verdad, comprendemos que nada está separado: lo que hacemos por nosotros también toca a los demás, a la tierra y a las generaciones que vendrán. Vivir con conciencia es tejer con amor, reconociendo que cada hilo deja una huella en el gran telar de la vida.
Gracias por abrir este espacio de escucha, reconocimiento y encuentro. Llevo este momento en el corazón y lo ofrezco con amor y respeto a mi pueblo, a mis mayores y a la Sierra Nevada.
Con gratitud, María Hipólita Izquierdo”.

Recibo tus palabras, querida mayora, con el alma de rodillas y el corazón conmovido hasta las lágrimas. Gracias a ti por abrirme en su momento las puertas de tu casa en la tierra donde nace el sol, por enseñarnos a mirar el mundo a través del ojo de la aguja y por recordarnos que somos parte de un telar inmenso donde ningún ser está suelto ni desamparado. Esta crónica es mi humilde tributo de acrílico y letras a tu resistencia, a tus virtudes como matrona y a ese puente invisible pero indestructible que un día del 2011 unió tu lana sagrada con las pinceladas de mi lienzo viajero. Sigue tejiendo, Hipólita, sigue hilando el pensamiento arhuaco; que mientras tus manos muevan los hilos del pensamiento de mujer, bajo el cobijo eterno de las palabras de Luis Ángel y el bastón protector del Sakuko José Camilo Niño, la Sierra Nevada seguirá sosteniendo el cielo para todos nosotros.

Comentario

  1. Es hermoso conocer el pensamiento que tejen sus manos, es una historia de amor vivo.

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