
Escrito por Alberto Muñoz Peñaloza
Cuando al viejo Chente se le preguntaba cómo se sentía, la respuesta aparecía como resorte envalesinado, ¡ahí, estoy embromao’, mijito! Azadón en mano se internaba en el monte descomunal que hoy ocupa él aula múltiple del glorioso Coloperena. Esa misma humanidad, menuda y servicial, se agigantaba el viernes por la tardecita. Entonces, al lado de la legendaria tienda”los brasiles” en plena esquina de volumen vehicular por la intersección de la carrera novena con calle diecisiete, el obrero diurno se transformaba en el bohemio de la prima noche. Al pasar se le indagaba lo mismo, pero la respuesta era diferente, ¡me siento como un quiquí, vamo!. A esas horas, su ingesta de ron caña era fluida y al terminarse la botella, se acostaba y, dormía como un lirón. A media cuadra, el estadero “los caciques” de Óscar Salazar, con piscina, servicio de restaurante y amenización musical jueves a sábado, con el súper combo “los modernos”. Los músicos entraban en estricta fila india, encabezados por el cantante Henríquez. Me llamaba la atención la elegancia del bajista por lo que me propuse alcanzar su estatura, en el entendido de que no era tan difícil tratándose de Chide Torres.
Un poquito más allá fue instalada la fábrica de calzado Quiceda, marca de grata recordación, venida de Villanueva. Recuerdo los reclamos iniciales de Gonzalito Clavijo por el incumplimiento en la entrega de su pedido pese al cumplimiento exacto en la fecha programada. Todo respondía a un grave inconveniente, por su tamaño bajito, menos que dieciséis que era para niños, pero el ancho de sus pies lo delataban como adulto. Fue necesario hacer una modificación provisional de orden técnico y funcional, en la máquina principal para hormar su par de zapatos, sabiéndose que por su pisada algodonosa le durarían años y años. En la acera opuesta, frente con frente, operaba “la fogata”, primera llanera en este Valle de amores, preludio de una tradición placentera de carne jugosa, con sazón sencilla pero inolvidable y como souvenir gastronómico, encoñador que no adictivo, el picante en maridaje de sabor, fragancia y fragor, con cebolla finamente picada -en cuadradillos y rectangulillos -según el ánimo de la patrona. Y había más, la formidable sobrebarriga, y el inexcusable mondongo por el que Lubin Fredy Barranco Quiroz daba la vida. Era una cita convenida con el arte del buen vivir, tanto que un muy querido amigo, que ahora usa tapabocas bolivianos, ofrece jugosa recompensa a quien le de cuenta de la fórmula de elaboración , no de La carnes ni de la sopa,”me interesa es el picantico Muñoz, hágame feliz”. Hay un bloque de búsqueda destinado a esa misión pese a “lo difícil del terreno”.
El gusto de la vida
Aquel sendero imaginario presentaba en la cuadra siguiente la esquina de “el todo”, la tienda moderna de Ángel Naranjo, que se destacaba por las primeras vitrinas de vidrio, la ubicación precisa de los artículos y productos, el queso de calidad en oferta y las prestigiosas panochas, con entrañas de queso melado, trazas mínimas de coco y sobresalientes clavitos de olor. Cuando iba a hacer mandados, mi primo Dírimo, se adelantaba: -como primera medida deme una panocha, la de abajo la quemaita, esa y una Kola bien fría. Después hacia el pedido y al regresar, luego del tercer pencazo soltaba, el requiebro y sostenía que lo habían engañado.
Seguía el rincón pasero, la casa de Nohema, con su patio profundo en vecindad con la gallerita. En la sala, siempre había una parranda y un motivo para consumir una de la media docena de arrancamuelas que, en soledad perenne dentro del armario, permanecían a la venta. Ahí vi por primera vez a Naferito, sonriente como es su costumbre y serio al cantar ‘sin ti’ su extraordinario son.
Unos pasos después, con posición de firmeza, café almendra tropical, frente con frente a la casa del queridísimo Eloy Quintero Araújo. Cada vez que pasábamos por ahí recordaba emocionado las veces que me tocaba volver a la tienda a devolver, si no llevaba de esa marca prestigiosa, mientras que años después jugué pelota e’ trapo en el parque que lleva su nombre en la ciudad de Barranquilla. Dos conductores de los camiones cerrados que transportaban los pedidos de café: Edulfo, el hijo de Porfirio y la señora Clara, y Chucho, vecino del Gaitán e hijo de la inolvidable matrona Carmen Conrado. Es fácil entender las cucarachas, se enloquecen con el aroma del café, así les ocurría a transeúntes, vecinos y curiosos. Era una estación, o por lo menos un motivo para desacelerar la marcha. Para los muchachos era motivo de entusiasmo pasar al lote del frente, una especie de jungla urbana, descargábamos uno de los palitos de cereza y al siguiente día encontrábamos otro hasta el tope.
La brisa de la tarde, acariciante, gastadora y refrescante, danzaba mientras Nando, el hombre de las autopsias de entonces, marchaba veloz con nueva provisión de formol en cumplimiento de su encomiable, como exclusivísima tarea. No muy lejos el Dañao’ caminaba con trancos de gigante rumbo a sus reuniones de negocios e imaginarias con “don Jorge (Dangond) y don Dámaso (Villazón). Detestaba los productos “guatapuri”, del emprendedor emérito Avelino Romero, pero enaltecía la kola negra proveniente de la Yunai Estei, como precisaba.
La vuelta de la vida
En un abrir y cerrar de ojos, se pasaron cincuenta años, una caravana de acontecimientos, con un sin fin de recuerdos y numerosas circunstancias que produjeron alegría, regaron prosperidad y propiciaron en ocasiones el dolor y la pena. La adultez de Valledupar como capital, la presenta con signos de progreso mientras decrece, eternizàndola como capital mundial del Vallenato, sin dejar de lado el crecimiento desmesurado, las múltiples necesidades de su mayoría poblacional, el erosionamiento del ejercicio tradicional de la política, el aumento de niveles de corrupción poniéndola a tono con la triste realidad nacional, el desmoronamiento de liderazgos al servicio de la búsqueda de soluciones reales. Como ocurrió hace cincuenta años, en esta oportunidad no se realiza el prominente festival vallenato en el mes de abril, esta vez por situación diferente ligada en la presente anualidad a la pandemia ocasionada por la covid-19, que mantiene sumida a gran parte de la población mundial en aislamiento preventivo obligatorio. Así, traigo a mi recuerdo el castigo preferido en el San Carlos de Cartagena, vencido en franca líd por Samuelito Lopesierra, encierro en la biblioteca, en jornada diurnas, durante el fin de semana, denominado aislamiento celular. Años después comprendí la importancia de separar a quien (es) por distintas razones incurre (n) en comportamientos irregulares, lo cual en los establecimientos carcelarios remite a celdas de aislamiento. Cambios de tercio siguieron y las vueltas de la vida extendieron ese aislamiento, ahora, no como ejercicio represivo sino, preventivo para disminuir las posibilidades de propagación del virus, en pro de fortalecer la infraestructura de salud, proteger la población más vulnerable y promover el autocuidado como vía idónea para construir resultados que afecten lo menos posible la vida, restablecer poco a poco la productividad, aumentar el número de colombianos que superen el mal sin desmedro de consecuencias asociadas: fortalecimiento familiar, potenciación de la solidaridad, oportunidad de buen gobierno y empleo a fondo de los organismos de control, del periodismo y medios de comunicación, veedurías y ciudadanía en general para evitar, reducir y sancionar excesos en él manejo de los bienes públicos.
Por ahora el buen peto toca hacerlo en casa, pero con la certidumbre de que nunca fue más fácil, que en este tiempo, para privilegiar el amor como el mejor vehículo para activar la fe, la resiliencia y la confianza, motores para asumir con éxito esta nueva confrontación con la adversidad. ¡Con Música, buena lectura y más, o menos…!
Valle del Cacique Upar @albertomunozpen

Que familiar me resultan las vivencias, los hechos, personajes pero tambien la nostalgia, los reproches no consignados y sobretodo ese llamado por qué la superacion de lo que estamos padeciendo nos lleve a que nuestro valle vuelva a ser el mismo así tenga sus fronteras mucho más ampliadas Afectuosa felicitación mi admirado tocayo