
En un sueño encontré las respuestas, al intento fallido de mantener el amor, convertido en eterna primavera.
Se encontraron los cuerpos, quedando atrapados sin proponérselo en un amanecer, donde la luna y el sol seden el paso al inicio de los arreboles, juegos de colores en el firmamento propietario de amores. El roce de la piel cedía a la avidez de los cuerpos. La razón en la frescura del alba con su olor a tierra natal y café, no entendía el mensaje de los seres atraídos sin saber el por qué.
Una colisión fortuita desencadeno una atracción incontrolable, como él desborde de los ríos en temporadas de lluvias, que sobre pasa todos los muros con una fuerza sobre natural, imposible de evitar, te arrastra sin control a aguas turbulentas, así es la pasión al iniciar la relación de dos seres atraídos por la sed de amar.
Con las noches llegaron los bailes, se entrelazaban los cuerpos, la fogosidad atropellaba el juicio, la música acompasada abarcaba el apetito voraz, que se imponía a la melodía, la piel ardía, la respiración sin pausa los obligaba adosarse aún más.
El corazón retumbaba en percusiones, que pretendía gritarles a los danzantes, que soltaran las amarras de los pre juicios para dejarse llevar de la magia que desbordaba el intelecto. La atracción se impuso, consolidando la unión, llagaron los sueños, el inicio de una vida juntos con muchos retoños, un cielo azul permanente con nubes blancas, lunas llenas, juramento de eternidades al amor.
Todo pasa en la fogosidad de la pasión y el amor; todo, menos el enfrentarte a lo cotidiano y simple de la vida, en donde existen las noches sin estrellas, los cielos opacos, como también días sin cantarle al amor. Todo tiene un ciclo natural, para prolongarlo sosteniendo el ardor corporal en comunión con el alma, hay que paralizar las lunas y el sol, las noches y los días, convertirlos en paisajes, hacer de ellos una canción; hermosa utopía del amor.
El jardín de aromas idílicos, con trinitarias sin espinas se marchitaron, se desvanecieron con el paso inexorable del tiempo. Soñando lo riego, buscando el perdón para mantener en el interior el edén florecido, con la tranquilidad que la juventud inexperta me arrebato.
Escrito por Enrique De Luque Palencia @luquepal

