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Serpiente Naranja

Empezó la Semana Santa

Escrito por Cristina Díaz @crisdiaz48

El mundo católico celebró el Domingo de Ramos el inicio de la Semana Santa; en el Vaticano el Papa Francisco se sumó a la tradicional celebración. Los países cristianos conmemoran desde hoy su celebración más emblemática: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Una semana en que cada país tiene sus propias tradiciones, desde el dolor que sufren aquellos que se flagelan (golpes, arrepentimiento y perdón) y castigan su cuerpo para emular el dolor de Cristo, hasta las representaciones de sus últimos días o las procesiones.

Jerusalén es una de las ciudades que se destaca por sus celebraciones en esta época:

Jerusalén: Considerada la capital del mundo en Semana Santa, una ciudad en la que miles de cristianos se dan cita para esta época.

Jerusalén, en Semana Santa
Jerusalén, en Semana Santa

Como es llamada, la ciudad santa, llena sus calles, no son las mismas durante todo el año, porque la mirada de los turistas y fieles cambia en Jerusalén durante la Semana Santa, llenándose de solemnidad. Es increíble los sonidos entre las desgastadas piedras de la Ciudad Vieja y las vestimentas litúrgicas degradadas del morado penitencial al rojo pasión, en el punto álgido de la celebración más emotiva para el cristianismo.

En un punto cercano a pocos metros, la ciudadela que custodia la ciudad vieja se yergue como epicentro de los lugares santos que, de acuerdo a la tradición cristiana, concentra en escasos metros cuadrados los pasajes que marcaron las últimas horas de la vida de Jesucristo, en una Jerusalén bajo el control del Imperio romano.

“La Semana Santa comienza con un momento muy importante, el Domingo de Ramos”, En la agencia EFE nos relata un sacerdote franciscano Artemio Vítores quien, a sus 70 años, cumple ya 48 en Tierra Santa -incluidas dos guerras y dos intifadas- y ha sido responsable de dar la bienvenida a peregrinos durante décadas.

A las orillas del desierto y de la ciudad, Betfagé fue el lugar donde Jesús mandó a sus discípulos a buscar una burrita y, sobre su lomo, emprendió el viaje a Jerusalén, donde se celebraba en esas fechas el Pesaj, una de las tres fiestas de peregrinación al antiguo templo que reunía a miles de judíos.

Esta festividad, que no es otra que la Pascua judía, se sigue conmemorando, pero, al estar regida por el calendario hebreo, solo coincide en algunas ocasiones con la católica.

“Es muy importante porque marca de un modo solemne el inicio de la Semana Santa”, esta popular procesión, el patriarca latino de Jerusalén y peregrinos de aquí y de allá suben para después descender el Monte de los Olivos, el Valle del Cedrón, y atraviesan la centenaria muralla de la ciudadela.

Entre “Hosanas (salves)” y “Alégrate Jerusalén”, el Domingo de Ramos aúna las voces y música de los miles que marchan juntos, bajo la sombra de sus hojas de palma o ramas de olivos, bendecidas en la misa de la mañana, en la festividad más alegre de una semana marcada por la aflicción y el arrepentimiento.

La corriente de energía se canaliza y dispersa en la iglesia de Santa Ana, a pocos metros de la Puerta de los Leones, que rompe la fortificación a esa altura y no muy lejos de la Basílica de Ecce Homo, donde el Evangelio de Juan 19:5 sitúa a Poncio Pilato diciendo “aquí está el hombre”, apuntando a Jesús, ante una multitud que reclamó su crucifixión, iniciada en este punto.

“Hubo años en los que esta procesión no se podía hacer. En 1933 se consiguió un permiso”, apunta el franciscano, sobre una decisión que llegó con el Podemos recordar incidentes y momentos difíciles, uno en especial cuando el Protectorado Británico de la Palestina histórica, antes de la creación del Estado de Israel (1948) y tras la caída del Imperio otomano que controló la región durante cuatro siglos.

La ciudad, que siempre ha estado en disputa y, a día de hoy, sigue siendo escenario de conflicto, con su parte este ocupada por Israel en 1967 y anexionada unilateralmente desde 1980, mientras los palestinos la reivindican como capital de su Estado.

Vítores explica que durante el primer milenio de nuestra era Jerusalén transitó por un proceso constante de construcción-destrucción que también afectó a los accesos de la muralla, como la Puerta Dorada o de la Misericordia, que en los siglos IV, V y VI se abría para los primeros cristianos durante la Semana Santa.

Después, a lo largo del segundo milenio, solo era usada por quien podía pagar, pero en el siglo XVI fue sellada por el sultán Suleimán y así debe permanecer hasta la llegada del Mesías, afirma la tradición judía, cuando caerá para permitir el paso junto al lugar donde se ubicaba el Templo, custodio del Arca de la Alianza con los Diez Mandamientos y punto cardinal del origen del mundo.

“Los musulmanes destruyeron los santuarios y solo cuando llegaron los frailes (los franciscanos llevan más de 800 años en Tierra Santa), comienza a cambiar poco a poco”, indica el religioso sobre una larga tradición de hostilidades, cruzadas y reconquistas, que enfrentó a musulmanes y cristianos, quienes imponían sus normas cuando se hacían con el control de la deseada porción de tierra, donde la presencia judía se había visto reducida notablemente.

Más de 2,000 años más tarde y al diluirse la contagiosa alegría del Domingo de Ramos, los fieles se preparan para el duelo con una sucesión de misas entre semana que preceden a la llegada del Jueves Santo, cuando comienzan los días más intensos.

En esta jornada, un pequeño grupo de -una exclusividad impuesta por las limitaciones de espacio- participa en la ceremonia que simula el Lavado de Pies que Jesús hizo a los doce apóstoles en la Última Cena, protagonizado en Tierra Santa por el patriarca latino en la pequeña sala del Cenáculo, extramuros de la ciudad vieja.

El doloroso recuerdo de este momento en el que Jesús desveló a sus seguidores más cercanos la inminencia de su traición, la incertidumbre de su futuro y dio origen al sacramento de la eucaristía. Este hecho hace difícil para algunos peregrinos, con la emoción a flor de piel, la transición del Cenáculo al huerto de Getsemaní, a las faldas del Monte de los Olivos, para iniciar la rememoración de la Pasión.

Quizá con el deseo de dar con el árbol sobre el que Jesús descansó antes de sucumbir al miedo de ser apresado y muerto, los creyentes se dispersan sobre el terreno y, en silencio, oran largamente antes de poner rumbo a la Iglesia de San Juan en Gallicanto, para recordar cómo Pedro negó tres veces a su maestro antes de que cantara el gallo.

La conmoción de la noche aumenta en el amanecer del Viernes Santo, el día en que una multitudinaria procesión de miles de creyentes de todo el mundo recrea el “Vía Crucis” o camino a la cruz, un trayecto que se popularizó en la Edad Media.

Por la Vía Dolorosa, la arteria de la ciudad vieja que desemboca en el Calvario, los fieles rememoran los pasos de Jesús a su crucifixión estación por estación, hasta catorce, algunos de ellos portando sus propias cruces que, de vez en cuando, pasan de mano en mano entre los viajeros menos devotos, algunos interesados en inmortalizar el momento en un curioso selfi.

Uno a uno, los fieles dedican unos instantes a recordar la condena a muerte del Sanedrín, la entrega de la cruz, la caída de Jesús bajo la madera, el encuentro con su madre, la ayuda que le prestó Simón de Cirene con la cruz, el tierno gesto de la Verónica, su segunda caída, su encuentro con unas mujeres que lloran por él y la tercera caída.

Fuente
FotoJerusalén, en Semana Santa

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