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Macondo Naranja

“Me contaron que era una piragüa, pero no era de Cubillos”

Escrito por Yarime Lobo Baute @YarimeLobo

A mí también me lo contaron los abuelos, para ser más precisa me lo contó mi abuela Carmen Cristina Lora, me lo contó hace mucho tiempo. Después me lo contó un hombre de ojos melancólicos, quién lleva el nombre de mi abuelo: “Camilo” y se apellida “Hoyos de Pabla”, el hombre de piel color leche y de expresión esperanza, ellos dos me lo contaron.

En el caso de Camilo hace menos tiempo que mi abuela Carmen, pero ambos me decían que existía una piragua, la piragua de un hombre de apellido Cubillos que navegaba en las aguas de ese río grande con nombre de mujer que en las noches de luna llena se suele besar con el César y navegaba constantemente bordeando los límites de la tierra de Zazare aquella piragua, recorriendo oronda las aguas que bautizaron “Magdalena”, solía partir del Banco, de aquel viejo puerto y pareciera que más que navegar caminara presurosa entre los surcos de las aguas rumbo a unas playas donde dicen abunda el más bello sentimiento, donde se asegura que si las pisas caes rendid@ ante el Embrujo del Amor de un Cacique al que llaman Chimichagua.

Quiénes iban en esa piragua pareciera no importarles como estuviese el tiempo, pues Capoteaban el vendaval así los estremeciera impasible la tormenta, la desafiaban, y sorprendentemente el espíritu de quienes tripulaban esa piragua dejaban ver qué no solo iba Cubillos, en definitiva era mucho más que un cuerpo, era un engranaje que dejaba ver su carácter temerario, ¡lo acompañaba un ejército!. ¡Sí!. Un ejército de estrellas que como sombrilla en movimiento les seguía cubriendo aquella piragua tachonándola cómo impermeable de luz y de leyenda.

Tal situación diluía el sentido de propiedad que decían tenía ese hombre que iba en la piragüa, al que llamaban Guillermo, del que dice la leyenda que era de él, que era su piragua, pero no, la piragüa era más que eso, era un todo que evidenciaba que Guillermo no iba solo en aquella piragua que se tornaba un cuerpo con vida propia, donde Cubillos era un miembro más que junto a doce bogas con la piel color majagua, una docena de valientes hombres le acompañaban y entre ellos se contaba uno con fama de temible, lo llamaban Pedro Albundia, un hombre piel de ébano que remaba mansamente con otros once desconocidos, remaban y remaban cual esclavos resignados a la suerte que por las noches retaban arrancándole a los remos un melódico rugir de hermosa cumbia, bailando y elevando entre sus manos velas cuyas luces se entretegian con aquel ejército de estrellas que en respuesta iluminaban sus cuerpos haciendo con el juego de las sombras una escultura que le daba sentido a la piragüa, sus pesares se diluan al son de sus velas con la promesa de convertirse en ese Amor de playa ribereña.

Pasaron los años, llegaron las décadas y con las décadas de una en una aquellos Doce Bogas se volvieron una docena de sombras, ahora viejos ya no reman, ahora son melancolias con una extraña Esperanza que se hace cumbia.

Dejó de crujir el maderamen en el agua, se diluyó como agua entre los dedos de las manecillas del reloj aquella piragua que decían tenía propietario, solo quedan los recuerdos en la arena donde yace dormitando la que en un tiempo con orgullo fue el transporte fluvial afamado al que llamaron “La piragua”, pocos recuerdan ya si realmente era de Cubillos, de aquellas doce sombras una continua, es el alma de Pedro el que se apellida Albundía, ahora abunda como sombras de río, navega la gran sombra de lo que antes fuera la piragua, por arriba y por abajo recorre todo el cauce del río grande de la Magdalena y se resiste a perecer.

¡Surca!, surca con su remo el día a día en el infinito de las Ciénagas que abrazan y besan a la Magdalena, pasa día a día por las Playas que bordean el apasible y gigante rio de nombre femenino, y en las noches de luna llena llega, se detiene, danza y besa con la luz de las estrellas ese eterno sentimiento con el que se encuentra sin pausa y prisa todo el tiempo en las playas de Amor de Chimichagua.

¿De quién es que era el maderamen? ¡Quién sabe! Lo cierto es que subsiste y navega en las playas de ese Amor sin tiempo y espacio, ese que se siente y enciende en el pecho de propios y extraños cuando llegas a esas mágicas tierras que llaman Chimichagua.

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9 comentarios

  1. Uy!! Que lindo homenaje a esa tierra de leyendas y tamboras, la columna invita a pasear y conocer esos parajes y paisajes del país del dejao como lo bautizó el gran Orlando Fals Borda a ese territorio de la Ciénaga y el Río, Chimichagua, el Banco y Mompox donde yace dormitando la Piragua. Que alegría que ese hombre de ojos melancólicos te haya inspirado. 🤩😘🌻

  2. Querida hermosa historia. Estando muy jóven recuerdo que había un programa en Montería o Cerete que se llamaba Piragua o utilizaba cono canción la Piragua… ese programa recorria muchos municipios, llevando mensajes de alegria y si no estoy mal recogiendo el sentir de la gente. El director del programa creo que fue asesinado. Me toca investigar si esto fue un sueño mio o es verdadero.

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