Así opinan
Amor a primera vista en el Perijá: La historia de un Vigía que salvó un bosque seco
Por: Yarime Lobo Baute

Homenaje a José Del Carmen Ropero Sanguino y la Reserva Natural Los Tananeos
Las verdades más hondas de nuestra provincia no se aprenden en los mapas; se revelan en el revuelo de las libretas escolares y en los minutos de retraso que el azar nos impone en la juventud para enseñarnos a mirar con los ojos del espíritu. En el año lejano de 1986, mi existencia quedó unida por un hilo invisible de afecto con la de Elika Margarita Ropero Anteliz. Ambas estudiábamos en el Colegio La Sagrada Familia de Valledupar, y había mañanas en que nuestros pasos adolescentes tropezaban con la campana que anunciaba el ultimátum de ingreso. Aquella espera obligada frente al portón cerrado, lejos de ser un castigo, fue la hendidura por donde se filtró la luz: sentadas en el andén, con la complicidad de quienes comparten la culpa de un reloj perezoso, la palabra se convirtió en la semilla de una amistad inquebrantable. Fuimos entonces dos almas que habitaban el mismo nido, unidas por un lazo profundo de confidencias que el tiempo, con sus cursos y corrientes, guarda en un rincón especial de la memoria, como los ríos de la serranía cuyas aguas se transforman pero conservan siempre el mismo murmullo originario.
En aquellos días de andén y complicidades, supe que las raíces de su hogar provenían de El Carmen, en Norte de Santander, ese pedazo de mapa único donde las costumbres desafían los linderos institucionales y donde la Gran Provincia de Ocaña extiende sus brazos de neblina para abrazar las estribaciones de la Serranía del Perijá. Saber sobre esas tierras despertó en mí un eco sanguíneo e inmediato. Mi padre, Elfido Armando Lobo Neira, es oriundo de la Loma de González, y con el afán de sembrar en mi interior el amor reverencial por la tierra de sus mayores, me envió interna en 1985 a la Normal Nacional de Río de Oro. En mis días de salida del internado, me dediqué a recorrer con el corazón descalzo los caminos empinados de Convención, Teorama, El Carmen, Ábrego, González, el corregimiento de Burbura y, por supuesto, la hidalga Ocaña. Sentí una vecindad mística que pronto me llevó a conocer a las hermanas de Elika: Liliana, quien cursaba mi mismo año en la modalidad comercial, y Kathy Milena, que caminaba un peldaño atrás en el itinerario escolar. Los años 87, 88 y 89 se transformaron en un viaje continuo a bordo de una moto FZ50 de color azul rey, en la que yo iba y venía devorando las distancias entre mi casa y el hogar de los Ropero Anteliz.
¿Quiénes eran los habitantes de esa casona que se convirtió en mi segundo nido? La componían José Del Carmen Ropero Sanguino, a quien los cercanos llamábamos cariñosamente Carmelo, y la señora Magola Anteliz. Sus familias, los Ropero y los Anteliz, habían llegado por separado a Valledupar, desterradas por los espantos de la violencia y aquellas épocas difíciles de la historia nacional que quedaron grabadas en mi memoria como la guerra de los trapos rojos y azules. Fue esta tierra vallenata, con su hospitalidad de patios y cantos, la que obró el milagro de unir los caminos de Carmelo y Magola, fundiendo sus orígenes nortesantandereanos en un solo hogar. Juntos trajeron al mundo a Liliana, Elika Margarita, Katty Milena, Mayra Josefa y al gran José Eduardo. Llegaron con las manos vacías pero con el alma colmada de una determinación inaudita. Carmelo, que había arribado a la ciudad de los mangos a los diecisiete años con la sola intención de emplearse como jardinero o buscar jornal en alguna finca, terminó tropezando con el destino en el Mercado Público. Allí, un comerciante llamado José Díaz Barragán leyó en los ojos del muchacho el hambre de futuro y le entregó una docena de pantaloncillos marca Fuje diciéndole: «¡Rebúscate con esto!». Carmelo se subió a un bus de Transportes Cosita Linda y vendió toda la mercancía en menos de media hora a unos recolectores de algodón que acababan de cobrar su jornal de la cosecha. Ese fue el chispazo originario de Almacenes Progreso, el emprendimiento que en 1967 revolucionó el comercio vallenato al introducir el libre servicio, el aire acondicionado y las luces fluorescentes, transformando las costumbres de la urbe de la mano de Magola.
Toda esa tenacidad de guerrero indomable era el fruto directo de su madre, Josefa Ropero, de quien Carmelo tomó con orgullo y dignidad el apellido para caminar por el mundo. Nunca podré olvidar la mirada de doña Josefa; sus ojos eran un espejo profundo que reflejaba la mística del Catatumbo, un umbral donde coexistían la inocencia de la niña y la madurez inquebrantable de la mujer esculpida a golpes por las pruebas de la vida. Fue una matrona prolífica, un bastión de resistencia forjado a pulso, encarnando a esa Colombia viva que sostienen las madres cabeza de familia. El tiempo, que todo lo madura, me llevó a comprender la inmensidad de su figura muchos años después. Aunque me casé, y fuí bendecida con el milagro de concebir dos hijos, los vientos de la vida trajeron la separación. Me tocó entonces enfrentar, en la más absoluta soledad del hogar, las mieles y las hieles de levantar y educar a mis hijos con la sombra y el peso de la ausencia de un padre. Fue en ese tránsito difícil, saboreando el dolor y la victoria cotidiana de criar a pulso, donde mi alma se conectó de manera definitiva con Dios y con el espíritu de doña Josefa. Entendí que las mujeres que crían solas no solo sostienen un techo, sino que custodian la dignidad del mundo y escriben un poema diario de sacrificio con sus propias venas. Durante el quinquenio en que residí en Santa Marta, la Perla del Caribe, la naturaleza me puso a prueba cuando el río Manzanares se desbordó con furia ciega, inundando mis estancias y llevándose un cofre de tesoros de papel. Allí se perdió la carta almática de Carmelo, pero también se ahogaron muchas otras cartas preciosas que me escribían mis amistades del alma en mis años de juventud. Fue un naufragio doloroso de palabras queridas; el agua se llevó los trazos de tinta en esa tierra costeña, pero aquellas perlas de afecto sincero nunca se perdieron del todo: quedaron enclavadas y sembradas para siempre en el santuario de mi propio corazón, a salvo de cualquier corriente terrenal.
Mis conversaciones con Carmelo se hicieron más profundas y familiares la noche en que Elika Margarita cumplió sus quince años, un diez de mayo que guardaba el secreto de ser también el cumpleaños de su propio padre. Queriendo honrar la usanza de la provincia, donde las fechas sagradas se sellan con música de cuerda, mi padre, Elfido, se sumó al agasajo llevando una serenata al mejor estilo de Río de Oro y González. Llegamos antes de la medianoche acompañados por un dúo de guitarristas extraordinarios de apellidos Santiago y Chinchilla. Sin embargo, la música de guitarras tuvo que esperar en la acera porque una agrupación de mariachis contratada para Carmelo se retrasó tanto que las horas se derritieron en la madrugada; mi padre y sus amigos, cansados de aguardar, decidieron retirarse. La tristeza de ese desencuentro me caló hondo, pero días después, el propio Carmelo reparó la herida con aquella misiva que el río Manzanares luego me cobraría. Desde ese instante, él dejó de ser el papá de mi amiga para convertirse en un maestro espiritual dotado de una sabiduría que rebasaba los dogmas de los hombres.
El lazo se hizo tan estrecho que mi bautizo laboral lo viví a su lado. En unas vacaciones, Carmelo abrió un local diagonal a la tienda de Compae Chipuco y nos empleó a Elika y a mí. Yo estaba más ávida de reír y aprender que de otra cosa, y cuando él me preguntó qué podíamos plasmar en la fachada del negocio, tomé las brochas y pinté una hilera de caritas felices. Las tardes transcurrían entre las risas escolares y las tertulias en la cocina de los Ropero Anteliz. Hace poco hablé con Magola sobre esta crónica; ella reía con su gracia de siempre y me confesaba que aún guarda mis viejas cartas donde la llamaba «Madre». Magola posee unos ojos de un azul profundo y místico, idénticos a los de su padre, con quien yo solía bromear tanto, y sus hermanos heredaron esa misma mirada sarca que es tan común en las tierras antes altas del Perijá. Ver ese deleite de ojos azules a cuatro cuadras de la casa de mis abuelos maternos, en el barrio El Carmen sobre la Carrera 4, era como mirar un cuadro donde la geografía andina se había mudado al Caribe. El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, como dice la tonada, pero el afecto verdadero permanece guardado como la semilla de mostaza. Nunca olvidaré una tarde en esa cocina, cuando Carmelo, mirándome de frente, me regaló su máxima filosófica: «Yarime, yo no soy religioso, pero aprecio un pasaje de las escrituras: Por sus frutos los conoceréis».
Esa sentencia bíblica se convirtió en el hilo conductor de su existencia. No hay que buscar los méritos de Carmelo en los discursos abstractos; basta mirar la obra de sus manos para comprender la dimensión de su alma. Sus frutos son hoy una bendición verde para el planeta, una herencia viva que da testimonio de la resiliencia que heredó de doña Josefa. En el año 2010, ese impulso vital de protección se consolidó bajo una organización que desafía el olvido: la Fundación Reserva Natural Los Tananeos. No fue un movimiento técnico; fue una respuesta del alma. El propio Carmelo lo dejó grabado en la memoria del territorio como un manifiesto de realismo mágico puro: «Cuando vi esta exuberancia y cuando vi esa cascada que nace en la montaña me emocioné… fue amor a primera vista y desde ese momento tomamos la decisión de proteger este bosque». En esa revelación, mi espíritu tejió una travesía fantástica hacia ese santuario ubicado a tan solo treinta minutos de Valledupar, en la vía que de La Paz conduce hacia el balcón fresco de Manaure, justo en las estribaciones de la Serranía del Perijá.
En este esfuerzo monumental de la vida, Carmelo no camina en solitario. La máxima de los frutos se multiplica en su descendencia, encarnada con orgullo en su hija Katty Ropero, quien lo secunda en la gestión de la fundación como una guardiana incansable de la biodiversidad. Juntos han levantado una barrera inquebrantable para proteger el Bosque Seco Tropical, uno de los ecosistemas más vulnerables del planeta, del cual en Colombia solo sobrevive un deprimente nueve por ciento debido a las quemas y las intervenciones humanas. Al adentrarme en la reserva, la precisión de la naturaleza nos abraza. Es un templo vivo donde el bosque ribereño original abraza los hábitats semihúmedos, un escenario donde se salvan de la extinción especies arbóreas centenarias. Allí, de cara al cielo, se erigen los majestuosos Caracolíes de troncos blanquecinos que vigilan el cauce del agua pura; los frondosos Orejeros que expanden sus copas gigantescas para dar abrigo a la tierra; los legendarios Higuerones de raíces expuestas y nudosas que parecen aferrar el corazón de la montaña; los altivos Guayacanes que en las sequías estallan en una furia de flores amarillas; y, custodiado con celo sagrado, el árbol de Tananeo, la joya endémica de madera preciosa que le da nombre y sentido al santuario.
Bajo la sombra protectora de este follaje, el zaguán de la memoria se inunda con un concierto de plumas y silbidos que ha maravillado a científicos y ornitólogos del mundo. Los Tananeos es un paraíso donde se han identificado más de doscientas noventa especies de aves. Al caminar por sus senderos de herencia ancestral, el cielo se tiñe con el azul cobalto de la tángana celestial y el revuelo inquieto del escurridizo Arremón. Si uno aguarda en silencio al lado de la cascada donde el agua pura nace de la roca, puede presenciar el deslumbrante cortejo del Saltarín coludo, el auténtico bailarín de la selva que ejecuta sus danzas acrobáticas sobre las ramas, el golpeteo rítmico del carpintero habado que emula el latido de un tambor antiguo, y el aleteo esmeralda de los colibríes que liban el néctar de las flores silvestres, mientras las guacamayas militares cruzan el firmamento como flechas de colores y el rugido misterioso del mono aullador retumba en la espesura como el eco vivo de la selva misma.
Toda esta sinfonía de vida, este modelo de conservación sostenible que funde la investigación y la educación ambiental en el territorio, es el fruto definitivo de José Del Carmen. Al proteger este nacedero y regalarle al departamento un pulmón que respira resistencia, Carmelo le rinde el homenaje más puro al agua, que no es otra cosa que el retorno sutil al vientre de la madre: un tributo a la madre tierra y a la memoria imperecedera de doña Josefa Ropero. Su obra da fe de que los seres humanos se conocen por la herencia que siembran en el suelo que los cobija. El pacto con José Del Carmen y Magola sigue en pie, inmune a las ausencias y resguardado en el cofre del afecto real. Pronto volveré a Valledupar, y ya hemos quedado con él y con Magola en regresar a Los Tananeos, para caminar tomados de la mano bajo el abrazo blanco del caracolí, escuchando el canto del agua que corre limpia hacia el futuro, confirmando ante el cielo del Perijá que el árbol se conoce por sus frutos y que el fruto de Carmelo es puro amor transformado en bosque eterno.
¡Obras son amores, José Del Carmen y Magola, ya su reserva viva es el decreto de identidad más bello que engalana nuestra provincia!

