Así opinan
Cantos de tambor y herencia ancestral: Rosa de Becerril y las leyes sagradas de la tierra
Por: Yarime Lobo Baute

Homenaje a Rosa Paulina Fuentes Palma
Quien pretenda encontrar a Becerril en las líneas rígidas de un plano municipal terminará extraviado. Esta población se devela en la vibración de las hojas amargas de la palma, en las pisadas unísonas que levantan nubes de tierra blanca y en ese grito colectivo que rompe la modorra de los siglos: «¡Viene la casa, viene la casa!». Debajo del follaje colosal de un higuerón, donde las sombras mitigaron el rigor del mediodía y el aire conserva la cadencia de los cantos de Rafael Orozco, la realidad física se desdibuja para dar paso a un plano más sutil. En ese espacio onírico, libre de las amarras del afán diario, mi espíritu tejió un encuentro de saberes con Rosa Paulina Fuentes Palma. Estábamos allí, deteniendo las prisas del mundo, compartiendo un pocillo de café espeso servido por las manos inolvidables de “María Pantaleta”, habitando de nuevo aquella mítica ágora a la orilla de la carretera nacional que durante décadas congregó las alegrías, los chismes y los despertares de toda la comunidad becerrilera.
En esa tertulia del zaguán de la memoria, arropadas por el rumor del río Maracas y la cercanía de la etnia Yukpa, me detuve a contemplar la fisonomía silvestre de la mujer que tenía enfrente, intentando descifrar el origen de la fuerza que sostiene su andar.
Rosa Paulina llegó a este plano un veintiuno de octubre, justo cuando los cielos de la provincia recogen las últimas cosechas de algodón y la serranía se envuelve en esa neblina densa que anuncia el fin de los grandes aguaceros. Trae consigo el misterio de la flor que le da nombre: la rosa de los patios provincianos, esa que crece con la terquedad de los espinos pero se abre al amanecer con una delicadeza que aromatiza el viento. Su naturaleza es también la de Paulina, una evocación sutil a la semilla pequeña, a ese grano humilde que se esconde bajo el suelo fértil y que, sin hacer ruido, sostiene la raíz entera de un árbol colosal. Ella es la rosa que florece sobre la piedra y la semilla mansa que fecunda el porvenir de su pueblo; una conjunción de belleza indómita y paciencia campesina que camina con la gracia de las garzas blancas que cruzan los playones del río.
Hay en su mirada una quietud profunda, semejante a los pozos lentos del río Maracas antes de que la corriente se despeñe por las piedras. Rosa no es una líder de paso; su temple está forjado en la misma madera de los robles antiguos que desafían los vendavales en la cordillera. Su risa, amplia y musical, tiene el poder de espantar las sombras del olvido, devolviendo la luz a los rincones de las casonas viejas. Pertenece a esa estirpe de mujeres que conversan con el viento y que saben descifrar el canto de las aves al atardecer, entendiendo que en el trino del cucarachero o en el vuelo alto de los gavilanes se esconden las antiguas verdades de la provincia.
Es la guardiana que camina con naturalidad entre la urgencia de los días y ese universo sagrado donde los viejos tejedores siguen dictando sus relatos bajo el cobertizo de las enramadas, rodeadas por la majestuosidad de la vegetación que custodia el agua de nuestros ríos; allí donde los imponentes caracolíes levantan sus troncos blanquecinos buscando el cielo y los frondosos orejeros extienden sus ramas como brazos eternos para proteger la memoria de la loma.
Ese misticismo de matrona se equilibra con una asombrosa claridad para el mundo material. Rosa me enseñó que la memoria de un pueblo no debe dejarse a merced de las corrientes. Ella alberga en su pecho el rigor de la estructura gerencial y la fragilidad de un espíritu que se conmueve con los cantos de la tierra. Su paso por las aulas universitarias la consagró como administradora de empresas, otorgándole el pulso técnico para proyectar presupuestos, organizar comitivas y trazar metas en hojas de papel que desafían la polvareda del camino. Sin embargo, sus saberes cultivados en el estudio de las políticas comunitarias y la sostenibilidad de los museos le dieron una doble mirada. Entendió que detrás de cada balance financiero hay rostros labrados por el sol, que detrás de cada indicador hay crónicas que se transmiten frente a las tinajas de agua fresca, y que la verdadera riqueza de Becerril jamás podrá ser aprisionada en un frío informe contable. Los números se convirtieron en los aliados del folclor, garantizando que el Festival de la Paletilla cuente con cimientos firmes y que la planeación institucional blinde lo que el pueblo ya reconoce como su patrimonio sagrado.
Levantar las bases legales para salvaguardar la Mudanza Folclórica fue una proeza de dimensions mitológicas, un pacto que Rosa tejió como quien amarra los horcones de una vivienda tradicional para que resistiera las borrascas de la serranía. El Acuerdo Número 007 del 1 de junio de 2023 no nació de la comodidad de un escritorio distante; se gestó escuchando las voces vivas de los sabedores locales, permitiendo que la costumbre se transformara en norma inviolable. Ella tendió un puente de voluntades inestimables mientras compartíamos el aroma del café.
Evocamos el origen del Centro Municipal de Memoria, un semillero donde la experiencia de los mayores dialogó con el entusiasmo de veinticinco jóvenes estudiantes de la Institución Ángela María Torres Suárez, cobijados por la guía de los licenciados Sandra Tannus, Víctor Ariza y Victoria García, junto al compromiso de Eva Páez Soto, Cristian Vega y Jesús. De esa amalgama de saberes brotó el decálogo de la Mudanza. Ese esfuerzo, que venía documentándose desde los inventarios de patrimonio inmaterial de 2014 y los registros de bienes materiales de 2017, escaló los peldaños institucionales con el aval del Consejo Departamental bajo la secretaría de Cultura y Turismo de Iván Murgas Vallejo, hasta alcanzar el rango de Ley de la República con su propio impulso constante y el respaldo del representante a la Cámara Eliecer Salazar. La siembra continuó dando frutos con el Encuentro de Portadores, un proyecto que recorrió el territorio junto a la Asociación de Etnoeducadores de Becerril (ASOETBEC) y su representante legal, Carmenza Roa de la Rosa.
En nuestra charla, advertí que la labor de Rosa Paulina excede las fronteras de los decretos estatales; es una mediación espiritual encaminada a cicatrizar las heridas invisibles que los años de conflicto sembraron en el territorio. A través del proyecto “Sonidos para la construcción de paz”, de la mano con la Universidad Pedagógica Nacional, el tambor becerrilero asumió su dimensión más alta: la de ser un bálsamo de medicina comunitaria. En una tierra donde el dolor pretendió imponer el silencio, el repique del cuero se convirtió en un abrazo, en una palabra de consuelo colectiva que restituyó la dignidad y volvió a dar la voz a quienes habían sido acallados. El tambor no celebra la tragedia; convoca a la vida con sabor a vino de uvita y lata, uniendo lo que la violencia intentó fragmentar y recordándonos que la curación de la provincia estriba en transformar el dolor antiguo en memoria viva.
Ese mismo milagro de resistencia ocurre en las veredas de Becerril gracias al fomento de la lectura que Rosa siembra en los jóvenes de ASOETBEC. En medio de una era masiva gobernada por el afán inmediato y las pantallas mudas, lograr que un muchacho suelte el teléfono y abra las hojas de un libro es un estallido de vida. En la quietud del campo, la prisa del mundo se frena y la lectura deja de ser un acto solitario para tornarse en un ritual de pertenencia. Allí, el libro se vuelve un espejo de identidad afrodescendiente y el tambor se descubre en la palabra escrita.
Los relatos que los abuelos custodian se abren como caminos de libertad, blindando a la juventud contra el desapego tecnológico y demostrando que las verdaderas raíces no se encuentran en la inmezclable inmediatez de una red social, sino en el trance sagrado de la palabra compartida.
Por eso, plantarse con firmeza en mitad de la corriente, como una roca inamovible en el cauce del río Guatapurí, es el deber de todo Vigía del Alma. Desde su rol como Gestora Departamental de Música del Cesar, Rosa asumió la actualización del Plan Especial de Salvaguardia de la Música Vallenata Tradicional ante el expediente de la UNESCO. El objetivo es claro: blindar el canto de nuestros juglares y el toque del acordeón frente a la avalancha de una industria que devalúa el folclor para someterlo al aplauso efímero de las modas y la tiranía de la comercialización rápida.
Fortalecer esta transmisión implica que las escuelas de música municipales sean verdaderos semilleros de identidad, protegiendo las parrandas, los festivales y las casas de cultura como trincheras sagradas de la memoria, garantizando que el vallenato tradicional no sea degradado a una mercancía desechable, sino que conserve su esencia narrativa y su pulso poético.
La lección que Rosa Paulina hereda a los hijos del mañana es una verdad absoluta que ninguna estructura ajena podrá borrar: la cultura no se programa, se vive en colectividad. El sistema podrá imponer modas perfectas y medir reacciones en segundos, pero jamás logrará capturar el calor de una parranda afectiva, el abrigo de un abrazo comunitario o el misterio de dos ramos de claveles ocultos bajo la sombra del higuerón, arrullados por el murmullo de las hojas del caracolí. Estar en parranda afectiva en Becerril es la forma más alta de olvidar la muerte, porque la verdadera muerte es la rutina lineal que el cansancio nos impone a diario. Defender la raíz es garantizar la existencia. Que las nuevas generaciones nunca permitan que las modas sustituyan la memoria, y que recuerden que allí donde se canta con el alma de Rafael Orozco, donde se traslada una casa de palma como decreto de dignidad y donde se resguarda el fuego de la amistad, el olvido ha perdido la batalla.
¡Obras son amores, Rosa Paulina, y tu entrega incondicional, evocada desde los cafés de María Pantaleta y cobijada por el abrazo verde del caracolí, es el testimonio más bello de amor por la eternidad de nuestra provincia!

