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Así opinan

Carta abierta a un amigo del alma

Por: Elba Bonet

Hay personas que llegan a nuestra vida y simplemente brillan.

No porque busquen hacerlo, sino porque tienen una manera especial de estar, de mirar, de ayudar, de hacer sentir a los demás. Personas que parecen tener el don de transformar lo que tocan y volverlo un poco más bonito.

Fabio Torres Molina, “El Rector”, era así.

Fabio era un ser especial. De esos que no pasan por la vida sin dejar huella, todo lo que tocaba lo convertía en algo maravilloso: una idea, un proyecto, una conversación, una amistad. Tenía una creatividad enorme, una forma única de ver la vida y una capacidad de hacer que las cosas sucedieran.

Pero, sobre todo, sabía estar para los demás.

Fabio murió sin que nadie lo esperara, sin aviso, sin despedida, sin darnos tiempo para entender que aquella conversación podía ser la última, que aquel abrazo podía ser el último, que ese “nos vemos mañana” podía no cumplirse.

Así de frágil puede ser la vida. Y así de frágil es.

Fabio era mi amigo, mi hermano, mi día a día, nos veíamos casi todos los días y hablábamos a diario, a cualquier hora del día y a ratos por horas. Y sí, aquí estoy esperando que suene el teléfono con un mensaje de buenos días, ¿Qué harás hoy? ¿A qué horas nos vemos? ¡Aquí estoy siempre!

Y quienes han perdido a alguien saben exactamente de qué hablo. Y cuando esa perdida es inesperada, entienden el dolor.

Porque cuando alguien muere, no solo extrañamos a la persona. Extrañamos la rutina que construimos alrededor de ella, la llamada que ya no llega, la silla que queda vacía, la conversación que quedó pendiente. Esa noticia que todavía queremos contarle y, por un instante, olvidamos que ya no podemos hacerlo.

Fabio tenía una frase conmigo: “Hazme caso”.

Yo soy de mi ley y él siempre intentaba ponerme un poco de orden. Hoy daría cualquier cosa por volver a escucharla.

Y sí, Fabio, voy a hacerte caso.

Voy a seguir trabajando, soñando, esforzándome y tratando de hacer las cosas como me enseñaste, porque hay personas que, incluso después de irse, siguen acompañándonos.

A quienes hoy están llorando la muerte de alguien que aman, quisiera decirles que entiendo ese vacío.

No hay una manera correcta de extrañar.

A veces el dolor es simplemente el amor buscando dónde quedarse.

Por eso hoy no quiero despedir a Fabio hablando de su muerte, Quiero hablar de su vida.

De la luz que tenía, de su alegría, de su manera de ayudar de todo lo que construyó, de las personas que hizo felices, de las vidas que tocó y de todo aquello que, gracias a él se volvió un poco más maravilloso.

Porque quizás ese sea el verdadero significado de haber vivido: haber dejado algo de nosotros en otros.

Y Fabio dejó mucho.

Solo se muere el que se olvida y a Fabio no lo vamos a olvidar. Tampoco olvidaremos a quienes hoy nos hacen falta.

Los llevaremos en nuestras historias, en nuestras costumbres, en las palabras que nos enseñaron y en esa parte de nosotros que ellos ayudaron a construir.

El amor no se va cuando alguien muere, cambia de lugar.

Gracias por existir, Gracias por brillar tanto, Gracias por convertir tantas cosas en algo maravilloso.

Gracias por haber sido mi amigo, Gracias por haber sido mi hermano. Gracias por tu vida y tu misión de vida en mi vida y en la de muchos. ¡Vuela alto Fabio!

¿Y tú, qué opinas? Comenta

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