
En estos días, mientras distintas entidades municipales adelantan labores encaminadas a proteger y conservar nuestra más importante fuente hídrica, el río Guatapurí vuelve a recordarnos por qué es uno de los grandes tesoros naturales y culturales de Valledupar.
Majestuoso, con sus cristalinas aguas descendiendo desde la imponente Sierra Nevada, este afluente, fuente de inspiración de muchos, parece despedirse de las montañas sin querer marcharse, mientras la brisa fresca acompaña a quienes se detienen a contemplar la belleza de este paisaje que hace parte de nuestra identidad.
Pero en medio de tanta naturaleza hay algo que no cuadra, algo que rompe por completo la armonía del escenario: un horrible dibujo pintado sobre una de esas piedras que han acompañado al Guatapurí desde siempre.
Una acción que genera indignación y deja una pregunta inevitable: ¿a quién se le ocurre semejante atropello contra un lugar que pertenece a todos? Y resulta todavía más contradictorio cuando quienes realizan este tipo de actos pretenden llamarse “guardianes del río”. Porque cuidar no es marcar, pintar ni destruir; cuidar es respetar.
El Guatapurí no necesita más mensajes sobre sus piedras, necesita conciencia, compromiso y respeto. La conservación de este río no puede quedarse solamente en jornadas de limpieza o campañas institucionales; también depende de cada ciudadano que lo visita y disfruta. Si de verdad queremos ser guardianes del río, empecemos por entender que sus aguas, sus piedras, sus árboles y cada rincón de su entorno merecen permanecer tan naturales y hermosos como los encontramos.
Al Guatapurí se le cuida, se le respeta y, sobre todo, se le deja ser río.

