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El canto alado del vallenato

Por: Yarime Lobo Baute

En esta tierra bendita donde la creación de Dios se derrama en cada trino, cada hoja y cada acorde, el vallenato se alza como un tapiz vivo que entreteje la fauna de nuestro entorno. Las aves, esos mensajeros alados que surcan los cielos del Valle del Cacique Upar, son las musas que inspiran los versos de nuestros juglares, tejiendo un legado que resuena en el alma de esta comarca. Hoy, mientras el río Guatapurí susurra sus secretos, me detengo a celebrar esas criaturas que, con sus cantos y colores, dan vida a nuestra música, esa que lleva el pulso de la tierra y el corazón del pueblo.

El vallenato no es solo un género musical; es un espejo del paisaje, un eco de la naturaleza que abraza nuestra existencia. Como nos enseñó el biólogo y botánico Álvaro Cogollo, en 150 canciones del vallenato clásico se alzan las voces de 40 especies de aves, agrupadas en 37 géneros y 23 familias, cada una dejando su huella en los versos que cantamos. El gallo, con su canto altivo, reina con 18 menciones, despertando al alba con su desafío sonoro. Le sigue la paloma (12), símbolo de paz y amores perdidos, que vuela entre los paseos melancólicos de Diomedes Díaz. El colibrí (10), con su danza fugaz, refleja los amores efímeros que Leandro Díaz inmortalizó, y el turpial (7), con su melodía vibrante, rivaliza con el acordeón. Hasta la gaviota, con sus tres apariciones, nos evoca los vientos libres de la costa guajira.

Estas aves no son solo nombres en una canción; son espíritus que danzan con el folclor. En la puya “La fiesta de pájaros” de Alfredo Gutiérrez, el turpial se funde con el acordeón, el cucarachero presta su voz a la guacharaca, y el pájaro carpintero golpea con el ritmo de la caja. Es como si la naturaleza misma tocara los instrumentos, recordándonos que el vallenato es un diálogo entre el hombre y su entorno. Cada trino es una nota, cada aleteo un compás, y juntos componen la sinfonía de nuestra identidad.

Pienso en el cardón guajiro, cuya madera da vida a la gaita, y en el higuerón, que en los versos de Abel Antonio Villa y la voz del Binomio de Oro se convierte en un mito de seducción, con su pseudofruto envuelto en leyendas de Viernes Santo y toros embravecidos. Pero son las aves las que, con su vuelo libre, nos enseñan a soñar sin ataduras. El colibrí, pequeño y vibrante, es como el amor fugaz que Leandro Díaz capturó en sus canciones; la paloma, con su blancura, lleva mensajes de reconciliación en los paseos de Diomedes Díaz. Y qué decir del guacaó, esa ave mítica cuya voz resuena en los versos de nuestros mayores, como un eco de la tierra que no se apaga. En “Guacaó, Guacaó, Guacaó”, he sentido esa llamada ancestral, un grito que trasciende el tiempo y nos conecta con la esencia de esta tierra.

En mi caminar como arquitecta, artista y escritora, he aprendido que el arte, como las aves, no conoce fronteras. Cada especie mencionada en el vallenato es un pincelazo en este tapiz cultural, un recordatorio de que nuestra música no solo cuenta historias de amor y desamor, sino también de la tierra que nos sostiene. Álvaro Cogollo, con su saber de botánico y su amor por el vallenato, nos mostró que el dividivi de “La profecía” de los Hermanos Zuleta y el paisaje árido de “El verano” de Leandro Díaz son más que versos: son un canto a la naturaleza que nos define. El dividivi, que alguna vez fue oro exportado, y el verano que quema la tierra, son testigos de un vallenato que respira con el entorno.

Hoy, en este 21 de julio, mientras celebramos el Día Mundial del Perro, pienso también en las aves que inspiran nuestro vallenato, y en mis compañeros de cuatro patas: mis dos perros ancianos, guardianes de canas plateadas, y Princesa, la perrita rescatada que, como un colibrí, ha encontrado en mi hogar un refugio temporal mientras espera una familia que la adopte. Como las aves del vallenato, estos perros son un regalo del cielo, como diría mi siempre recordada Celina Quintero Baquero. Sus ladridos, al igual que los trinos del turpial o el cucarachero, son un canto a la vida, una melodía que nos invita a cuidar, a amar y a tejer un legado de compasión. Princesa, con su mirada que ahora brilla, me recuerda que, como el guacaó, todos merecemos que nuestra voz sea escuchada.

El vallenato, como las aves, nos enseña a volar alto, a cantar sin miedo, a ser libres. Cada acorde es un aleteo, cada verso un trino que nos conecta con la creación. Que este tapiz sonoro siga siendo nuestro refugio, donde el gallo despierta el alba, la paloma trae la paz, y el colibrí nos susurra que el amor, aunque fugaz, siempre deja su huella. Que los perros, con su lealtad, y las aves, con su canto, nos guíen en este viaje de ser, hacer y tener, como un vallenato que nunca termina.

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