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El golpe de la tambora y el canto que no se apaga: Rosa Emilia Hernández Ospino, la voz viva en la tierra de Alejo Durán
Por: Yarime Lobo Baute

El mapa de nuestro patrimonio no se dibuja con las líneas frías de la cartografía oficial, sino con los hilos invisibles de la hospitalidad y con el eco rotundo de los cueros que sacuden la modorra del olvido. Hay pueblos que poseen una herencia tan honda que es imposible caminar por sus calles sin sentir el latido de los ancestros. Uno de esos epicentros sagrados de nuestra identidad es El Paso, Cesar, tierra de negros libertarios, de hatos ganaderos coloniales y de juglares eternos.
Fue allí, en el corazón de esa patria cimarrona donde el aire todavía silba las melodías del gran Alejo Durán, donde hace muchos años el destino me cruzó con los ojos encendidos y la voz de trueno de Rosa Emilia Hernández Ospino, una verdadera matrona de nuestro patrimonio vivo.
Para mí, hablar de Rosa no es apelar a la fría reseña folclórica de los libros; es evocar la tibieza de su casa, un rincón de puertas abiertas en El Paso donde me hospedó con un desprendimiento y una generosidad que solo habitan en las almas que custodian los verdaderos tesoros del territorio.
Hija de Nicasio Palermo Hernández y Faustina Ospino Campo, Rosa se crió respirando el aire puro de El Paso. Estudió su primaria en la Escuela Urbana Mixta Santa Rosa de Lima y la secundaria en la Institución Educativa Nacionalizada de su municipio. Aunque de joven estuvo un tiempo lejos de sus calles para estudiar en el Liceo Celedón de Santa Marta, su arraigo la devolvió temprano al suelo natal. Fue en el patio de esa misma casa hospitalaria donde Rosa levantó una obra silenciosa y monumental: albergaba allí a los niños del pueblo, oficiando como esas amorosas cuidadoras de la primera infancia en una especie de hogar comunitario. Desde ese espacio cobijado por los árboles, les impartía sus primeros conocimientos escolares y les sembraba las primeras nociones de la vida, convirtiendo el cuidado diario en la primera escuela de afecto y ciudadanía para El Paso.
El linaje de la tambora, que le viene por ser sobrina de la recordada cantora Juana De Dios Hernández Ospino y prima de la sabedora Idalia Hernández, se mezclaba de forma natural con su paciencia de maestra de niños, forjando un liderazgo que se cimentaba desde la raíz de la infancia. Esa herencia sagrada, que Rosa recibió del entorno, la entregó con el mismo celo a su único hijo, César. Él creció arrullado por los ensayos del grupo que noche tras noche encendían el patio, aprendiendo primero a bailar y luego a cantar, hasta asumir el relevo natural como director de la agrupación. Ver en César la continuidad de esos saberes es la prueba reina de que la cadena de nuestra memoria no se rompe en los hogares paseros.
Corría el año 2008. Eran tiempos difíciles, días grises en los que la provincia caribeña arrastraba las heridas profundas y silenciosas de una violencia que pretendía uniformar los espíritus a punta de miedo y silencio. En medio de ese panorama, cometer un acto de belleza era una insurrección pacífica para salvaguardar lo nuestro. Por eso, lo que vivimos aquellos días junto a Boris Serrano y Emilio González Cabeza quedó grabado en mi memoria como una auténtica epifanía secular: nos tomamos la mitad de la calle, justo al frente de la casa de Rosa, para escenificar La Mosca, un irreverente y genial número teatral de la autoría de Boris. Ver el arte escénico brotar sobre el polvo del callejón, defendiendo nuestro derecho a la alegría colectiva mientras la comunidad salía a las puertas a reconocerse en la risa, fue la confirmación de que la cultura es el patrimonio más poderoso para ganarle la partida a la muerte. Desde esa tarde noche de teatro callejero, nació entre Rosa y yo una conexión inquebrantable, un lazo cosido con la misma aguja de la audacia vigía.
La vida, que siempre vuelve sobre sus propios acordes vallenatos y tamboreros, me llevó de regreso a El Paso en el año 2015. Esta vez el motivo nos convocaba en una dimensión política y de servicio. En aquel entonces abrigaba la firme aspiración de llegar a la Asamblea Departamental del Cesar para convertirme en la voz del territorio, decidida a abanderar desde esos espacios la cultura y convencida de que nuestras tradiciones deben ser ley, dignidad y desarrollo, y no solo un adorno para las fotos oficiales de los gobernantes.
Al contarle mis sueños, encontré en Rosa y en su amada madre, doña Faustina Ospino, un respaldo desinteresado y puro que me conmovió hasta los tuétanos. Se convirtieron en mis cómplices de causa y el patio de su casa se volvió trinchera. Para acompañarme en esa gesta, nuestro uniforme de campaña fueron las mantas. Lejos de las camisas acartonadas de la política tradicional, Rosa, doña Faustina y yo nos enmantamos con orgullo. Vestimos esas telas holgadas de colores vivos que ondeaban con el viento de la provincia como auténticas banderas de libertad cultural. Ver a esa estirpe de mujeres unidas, cantando con una esperanza inquebrantable para impulsar mi camino bajo el sol del Cesar con sus mantas al viento, fue entender que cuando una cantora te respalda, la protección de nuestra memoria colectiva se vuelve un río crecido que nadie puede detener.

Rosa Emilia ha sido, por herencia y por carácter, la guardiana celosa de la tradición tamborera de El Paso. Mientras el mundo corre desbocado hacia lo moderno, lo digital y lo desechable, ella se ha dedicado a custodiar los cantos de boga, las tonadas ancestrales y los golpes limpios del tambor alegre que heredó de sus mayores, esos que constituyen el patrimonio oral de la región. Ella es la voz viva en la tierra de Alejo Durán, la que nos recuerda en cada interpretación que el chandé, la tambora y el berroche son la espina dorsal de nuestra identidad caribeña. En sus composiciones no solo palpita la música; late el sudor de los pescadores, el rumor del río, las leyendas de los playones y los archivos emocionales de un pueblo que canta para sanar.
Su maestría como compositora ha quedado inmortalizada en canciones como ‘Rosa María’, un lamento de río y cuero que se canta en cada festival del Caribe. Rosa sabe que el golpe de la tambora es un latido de resistencia patrimonial. Al verla cantar vestida de manta para sellar su apoyo a mi candidatura en 2015, comprendí que su liderazgo no buscaba el beneficio efímero, sino recordarle a su comunidad que perder la memoria ancestral sería tan trágico como desaparecer la guacharaca del vallenato.
Esta crónica virtual que hoy estrenamos bajo el cielo de nuestra Red Colsafa | Obras son Amores, bajo la consigna “De Vigía a Vigía”, es un tributo al sagrado femenino que sostiene la memoria del Cesar. Rosa Hernández encarna a la perfección esa verdad de que el patrimonio es nuestra familia extendida. Su herencia se mantiene viva en la hospitalidad del patio, en el tinto compartido a la sombra de los árboles, en los niños que recibieron sus primeras letras bajo su cuidado, en la vocación heredada por su hijo César, en el teatro en mitad de la calle y en la palabra sin filtros que sana el tejido social de nuestras comunidades.
Vigía del alma que con su canto mantiene vivos a los ancestros, Rosa sigue haciendo sonar sus cueros y levantando la voz en El Paso. Su eco camina descalzo por los callejones antiguos de la provincia, recordándonos en este 23 de julio de 2026 que el alma de un pueblo nunca se apaga mientras sus mujeres decidan seguir cantando.