Así opinan
El nazareno de Chimichagua: Pasión, fe y custodia de una tradición centenaria
Por: Yarime Lobo Baute

Las aguas de la ciénaga de la Zapatosa tienen una enseñanza silenciosa que solo se revela a quienes saben escucharla en las madrugadas. Es un escenario sagrado que cobija a Chimichagua, un espejo de agua dulce que nos conecta con el amor de Dios a través de una brisa suave que parece limpiar los pesares del cuerpo. En este rincón de gente noble, hospitalaria y trabajadora, donde el pocillo de café recién colado se comparte con la misma generosidad tanto con el propio como con el forastero, la Semana Santa no es una fecha más en el calendario; es un acontecimiento espiritual profundo donde el pueblo entero se une en un solo ruego. Caminar por estas calles amplias y rectas durante los días santos es ver la encarnación misma de la fe en las túnicas moradas de unos hombres que arrastran sus mandas con los pies descalzos sobre la tierra. Al frente de ese peregrinar, llevando en sus hombros el peso de una historia que se niega a doblegarse ante el olvido, se encuentra Miguel Antonio López Argüelles, actual presidente de la Fundación Hermandad de Nazarenos y Samaritana.
Para mí, escuchar a Miguel es entender que vestir la túnica del nazareno es el placer más inmenso y la responsabilidad más sobrecogedora que un cristiano puede asumir en su paso por la tierra. Miguel no llegó a este rincón de la fe por casualidad o moda pasajera; su entrega es el fruto de una semilla sembrada en el corazón de su propio hogar. En el año 1985 sintió ese impulso incontrolable del pecho que lo invitó a meterse de lleno en este cuento sagrado, siguiendo las huellas de su padre y de su hermano Alfonso López, quienes también sostuvieron con orgullo el título de presidentes de la hermandad. Esta continuidad familiar es la que le ha permitido a Miguel batallar con alma, cuerpo y vida para acrecentar la devoción hacia Jesús Nazareno, sosteniendo una herencia que se alimenta de los milagros y testimonios vivos de cientos de peregrinos que viajan desde tierras lejanas solo para arrodillarse en los altares de Chimichagua.
La vida ordinaria de Miguel transcurre con la sencillez de los hombres grandes. Se levanta todos los días a las cinco de la mañana para ganarse el sustento con el sudor de su frente en su labor como docente, compartiendo sus saberes con los estudiantes y acudiendo puntualmente a la eucaristía cada domingo. Sin embargo, sus mismos hermanos de congregación afirman que Miguel posee dos personalidades: el amigo noble de la cotidianidad y el presidente estricto que no da el brazo a torcer cuando se trata de la disciplina eclesial. Su norte es claro y no admite medias tintas: la hermandad debe ser una comunidad viva dentro de la iglesia, ligada de manera estricta a la liturgia del sacerdote y el obispo. Con una lucidez que conmueve, Miguel se planta como un vigía infranqueable frente a la tentación de meterle política a la organización. Sabe que las dinámicas electorales y los favores de turno terminan por quebrar las tradiciones y generar dependencias que destruyen su raíz. Para él, un Jueves Santo no tiene sentido sin el lavatorio de los pies, porque salir de los muros del templo para contentar los ojos del turismo o de la administración pública sería vaciar el rito de su sentido de purificación y convertir la fe en un simple espectáculo folclórico.
Sostener este estandarte en el siglo XXI se ha convertido en una hazaña diaria. Da lástima y una honda tristeza contemplar cómo la tecnología y la modernidad devoran las expresiones más puras de nuestra provincia, permitiendo que lo moderno tenga más trascencia que lo tradicional. Para Miguel, el reto más duro no ha sido solo dialogar con administraciones públicas que esquivan el apoyo financiero, o debatir con algunos sacerdotes que han querido imponer ideologías ajenas al sentir del pueblo; el verdadero combate lo da hacia adentro, con aquellos mismos nazarenos que, influenciados por las corrientes modernas, pretenden cambiar la esencia de la cofradía. Frente a esto, él se aferra a la memoria del padre Aurelio Robles Romero, el sacerdote fundador que en 1957 sembró las bases de esta hermandad, y le pide sabiduría al Espíritu Santo para que cada hombre que se ponga el sayal comprenda el respeto sagrado que esa prenda exige.
Es en el rigor de los días santos donde la devoción alcanza su punto más alto, cuando los nazarenos se consagran a emular a Jesucristo en cuerpo y alma. Su misión no es un acto pasajero, sino una entrega total que concentra toda su fuerza en el Viacrucis magno, un peregrinar místico que une de forma indivisible el Jueves, Viernes, Sábado y Domingo Santo.
Durante estas jornadas de absoluto recogimiento, la hermandad escenifica de manera rigurosa los momentos del calvario, desde la condena inicial hasta el misterio de la resurrección. En cada recorrido, con los pies golpeando las calles, los hombres del sayal morado sostienen los pasos procesionales con un esfuerzo físico extenuante que desafía las capacidades del organismo. Es un sacrificio que se hace en estricto silencio y oración constante, un viacrucis andante donde el dolor carnal se transforma en alabanza y donde cada estación se vive como un peldaño hacia la purificación espiritual del territorio.
Hoy en día, la hermandad camina sola, autofinanciándose con el sacrificio económico de sus miembros y las monedas voluntarias del pueblo, debido a un desamparo institucional que se hace evidente incluso en los detalles cotidianos. Miguel recuerda con nostalgia los tiempos en que las alcaldías emitimientos decretos estrictos prohibiendo la venta de licores en los días santos para resguardar la solemnidad del viacrucis; hoy, sin esas herramientas de orden, los nazarenos deben apelar a la uniformidad y a la fuerza de sus oraciones silenciosas para que el respeto prevalezca en las esquinas. Aun así, el milagro ocurre en la mirada de los niños de Chimichagua, quienes siguen enamorándose de esta devoción y se suman a las filas para garantizar que el rumbo de la tradición no se acabe.
Al final de este largo camino de penitencia, el peregrinaje de los nazarenos no busca el cemento ni las plazas secas; busca el abrazo líquido de la inmensa ciénaga de la Zapatosa, ese espejo de agua sagrado que custodia el alma misma del pueblo. Hay un hilo mágico y divino que une este territorio con los primeros días de la fe cristiana. Así como Jesús caminó a la orilla del mar de Galilea para buscar a sus primeros pescadores y transformarlos en guardianes de almas, en Chimichagua la fe se teje con redes, atarrayas y canoas. Alfonso López, el hermano de Miguel y antiguo presidente de la hermandad, conoce bien ese misterio; él es pescador, un hombre que sabe leer el silencio de las aguas y que entiende que el sustento y la espiritualidad emergen del mismo fondo transparente de la ciénaga.
En este rincón, la mística de Guillermo Cubillos y la mítica travesía de su piragua desde El Banco hasta estas playas no es solo una canción; es la prueba de que por estas aguas viaja la poesía, la historia y la esencia de nuestra raza.
Cada Jueves Santo, al rozar las orillas de la Zapatosa, los nazarenos detienen su marcha para postrarse frente al agua. Allí, donde las canoas descansan y las redes se tiñen con la luz del atardecer, se eleva la oración más profunda. Miguel, con su túnica morada besando la orilla, lidera un clamor que es pura gratitud hacia estas aguas milagrosas. Le piden a la ciénaga que siga siendo fuente inagotable de vida, que sus profundidades multipliquen los peces para los hogares humildes y que su brisa suave continúe trayendo la paz que tanto necesitan los corazones chimichagueros. En ese instante de realismo mágico absoluto, donde el color del sayal se confunde con el reflejo del cielo en la Zapatosa, se siente que Dios mismo camina descalzo sobre el espejo de agua. Es el cierre perfecto de un viacrucis caribeño, un ritual sagrado donde el sudor del esfuerzo se lava con la misericordia de la ciénaga y donde la fe se arraiga, eterna y bendita, en la memoria viva de nuestra amada tierra de tradiciones y amores.

