
Ha pasado un mes desde que se fue alguien muy especial para mí. Un mes desde que la vida nos obligó a entender que hay personas que un día están, hacen parte de nuestras conversaciones, de nuestros planes y de nuestra vida, y al siguiente solo podemos encontrarlas en los recuerdos.
Se fue un amigo, un padre, un hijo, un hermano y, para mí, ese hermano que la vida me regaló sin que compartiéramos la misma sangre.
Durante este mes he entendido que el dolor no desaparece simplemente porque pasen los días. Uno aprende a convivir con la ausencia. El recuerdo cambia de lugar y aparece cuando menos lo esperamos: en una fotografía, en una conversación, en una anécdota o en esas palabras que, después de la partida, adquieren otro significado.
También entendí que cada persona vive las ausencias de una manera diferente. Yo decidí quedarme con lo bueno: con las risas, las conversaciones, sus palabras de aliento y con ese hombre que luchó por sus sueños, disfrutó la vida y siempre buscó hacer felices a quienes estaban a su alrededor.
Pero esta pérdida también me dejó una certeza: no quiero volver a quedarme callada.
¿Cuántas veces guardamos un “te quiero”, un “gracias”, un “te extraño” o incluso aquello que nos incomoda porque creemos que mañana tendremos tiempo de decirlo? Y la vida, a veces, no nos da ese tiempo.
Por eso, hoy quiero querer más bonito, cuidar a quienes me cuidan, agradecer mientras pueda y decir lo que siento sin pensar tanto en quedar bien con todo el mundo.
Porque después de una pérdida uno entiende que muchas de las cosas que parecían importantes dejan de serlo, mientras que un abrazo, una conversación o una palabra de cariño se convierten en aquello que más extrañamos.
Ha pasado un mes desde que ese amigo ya no está físicamente, pero sigue apareciendo en mi memoria, en sus palabras, en nuestras historias, en los momentos que todavía me hacen sonreír y también en esos instantes en los que la tristeza llega sin avisar.
No sé cuándo dejará de doler de esta manera. Tampoco sé si algún día entenderé por qué algunas personas tienen que irse cuando todavía sentimos que nos quedaban tantas cosas por vivir y por decirles.
Por ahora, solo sé que lo extraño y que ha pasado un mes, pero el recuerdo sigue, porque hay personas que se van de nuestra vida, pero nunca se van de nuestro corazón.

