
La democracia colombiana no es una herencia de alcurnia ni un óleo colgado en las paredes frías del Capitolio. Es, más bien, una criatura de barro y sangre que hemos tenido que amasar nosotros mismos, bajo el sol inclemente de las exclusiones.
Nos han querido vender la idea de que la libertad fue un decreto, una firma elegante sobre un escritorio de caoba, pero la verdad tiene otro aroma: huele a sudor de palenque, a pólvora de revuelta y a la tinta clandestina de las mujeres que se cansaron de ser muebles en la sala del poder.
Nuestra historia electoral es un mapa de cicatrices. Cada vez que usted marca una tarjeta electoral, está invocando un fantasma que peleó para que usted no fuera un simple espectador de su propia tragedia. No nació completa; se ha construido a dentelladas, con la paciencia del artesano y la furia de quien sabe que el silencio es la muerte de la esperanza.
Recordemos, aunque a los dueños de la genealogía nacional les escueza, que en 1853 la libertad de los negros no fue una concesión graciosa del amo. Fue el estallido de una dignidad que ya no cabía en las cadenas. La abolición de la esclavitud fue el primer gran tajo al velo de la exclusión, una bofetada de realidad que obligó al país a entender que la ciudadanía no podía seguir siendo un club privado de hombres blancos y apellidos ilustres. Fue magia insurgente: la piel esclavizada transformándose en mano soberana.
Y qué decir de nosotras, las mujeres. Nos llamaron locas, nos llamaron histéricas, nos recetaron el silencio del hogar como única medicina. Pero en 1957, tras décadas de masticar la rabia y convertirla en estrategia, las ligas feministas y las asociaciones cívicas le rompieron el espinazo al patriarcado de urnas cerradas.
No fue un regalo del dictador ni un gesto de caballerosidad política; fue un asalto al cielo. Ese día, cuando la primera mujer depositó su voto, el país dejó de ser un monólogo para convertirse, por fin, en un coro de voces necesarias.
Pero el sistema es astuto y sabe mutar. Por eso la lucha no se detuvo en las faldas. Tuvo que venir el ímpetu de los muchachos, esos “irresponsables” de 18 años que exigieron que si tenían edad para morir en las guerras de otros, también la tenían para decidir el rumbo de la paz. Y tuvo que arder la provincia, esa Colombia profunda que Bogotá solo mira cuando hay elecciones, para que en 1986 lográramos la elección popular de alcaldes.
Fue el despertar de las regiones, el momento en que el centralismo rancio tuvo que aceptar que en el rincón más olvidado del Caribe o del Chocó, también se sabe lo que conviene al suelo que se pisa.
Nuestra democracia es una casa a medio construir, llena de grietas y asediada por los mismos de siempre, esos que prefieren el abstencionismo porque el silencio de muchos es el banquete de pocos. Es imperfecta, sí, y a veces dan ganas de llorar sobre sus escombros. Pero rendirse es escupir sobre la tumba de quienes se hicieron matar por este derecho.
Votar no es un favor que le hacemos a un candidato; es un conjuro contra el olvido. Es el acto más incisivo que puede cometer un ciudadano en un país que padece de amnesia crónica. Ejercer ese derecho es sacudir el polvo de las luchas de nuestros abuelos y decir: “Aquí sigo, aquí estamos”.
Hoy es 8 de marzo, y el aire huele a las flores que no pudieron marchitar y a las hogueras que no lograron apagar. Que este día no sea solo un recordatorio de la lucha, sino el despertar de esa fuerza antigua que llevamos en el vientre del alma. Porque cada vez que una de nosotras se para frente a la urna, no está sola: la acompañan los susurros de las que abrieron la brecha, el sudor de las que marcharon cuando estaba prohibido soñar y el coraje de las que entendieron que nuestro destino no se escribe en la cocina, sino en la historia.
Hoy ese derecho sigue vivo.
Ejercer el voto es honrar esas luchas. Votamos para que el futuro tenga, por fin, nuestro rostro, nuestra voz y nuestra irremediable libertad. Porque al final, la verdadera magia no está en quien gana, sino en el pueblo -y en las mujeres- que se niegan a dejar de existir.
Mujer de Nube y Viento

Miren este muro: es Universal, la Mujer de Nube y Viento.
No es solo pintura sobre cemento; es un conjuro de libertad. En sus ojos grandes, azules como el Caribe un domingo de gloria, habita la vigilancia de las que ya no se dejan engañar.
Es una mujer que es paisaje y es espíritu: lleva girasoles para no olvidar la luz, pájaros que le susurran al oído los secretos de la tierra y espirales que son el viento de la historia, ese que siempre vuelve para recordarnos de dónde venimos.
La pinté así, vibrante y geométrica, porque nuestra lucha no es plana ni gris. Es un estallido de colores que se resiste a la jaula de las barras amarillas que intentan cercarla.
Ella mira de frente, con labios de fuego, recordándonos que somos herederas de la nube que viaja libre y del viento que, aunque no se vea, tiene la fuerza necesaria para derribar los muros del silencio.
Votar, como pintar, es un acto de amor y de rebeldía.