
La vida siempre trae consigo pequeñas decepciones cuando creemos en todo lo que vemos en redes o en lo que el imaginario colectivo nos vende como “normal”. Creemos que las ciudades son perfectas, que las personas son lo que muestran y que las historias que nos inspiran son siempre tan reales como parecen.
En mi último viaje entendí que no todo es como lo pintan. Descubrí cómo, sin darnos cuenta, vamos por la vida creyendo en cada cuento, en cada video editado que nos hace pensar que todo es color de rosa.
Y no hablo solo de un destino. Hablo de todo: de una ciudad, una canción, una persona o incluso una relación.
Cuando me propusieron viajar a Cali, me sumergí en redes, busqué videos, fotos y me construí una imagen completamente distinta a la que encontré.
Pensé que en cada esquina sonaría salsa, que todos serían caleños raizales, que la ciudad sería tan colorida como en los reels, pero no. Cali es distinta, real, más tranquila, más humana, más diversa.
Ahí entendí que no todo en la vida es como nos lo muestran. Que a veces hay que vivir las experiencias, equivocarse, probar y descubrir por uno mismo, para romper con lo que el imaginario colectivo nos quiere imponer.
Le daré una segunda oportunidad a Cali, así como se la he dado a los restaurantes y a los amores.
Aclaro: no me fue mal, el viaje me lo gocé gracias a los buenos compañeros de camino.
Pero me faltó y en esa falta también hay aprendizaje.

