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Así opinan

La cofradía del afecto y la academia de los juglares: El vuelo patrimonial de Julieth Peraza

Por: Yarime Lobo Baute

Homenaje a Julieth Peraza y a la Fundación Cocha Molina

Regresar la mirada a los pasillos de nuestro viejo colegio de la Sagrada Familia es desenterrar un pacto que el tiempo no ha podido marchitar. La Red Colsafista no nos entregó simplemente una instrucción escolar; nos inoculó un bautizo de sororidad y una cofradía del afecto que se convirtió en una brújula definitiva para andar la provincia. Allí, entre las aulas y los patios compartidos, aprendimos que el conocimiento se vuelve una cáscara hueca si no se tiene la audacia de usarlo para transmutar la realidad del prójimo.

Esa fuerza de caminar acompañada es la que hoy resuena en las respuestas de Julieth Peraza, en un diálogo donde los recuerdos del uniforme se funden con la madurez de dos mujeres que han decidido no ser espectadoras de su época. La herencia del Cesar no se cuida en solitario; Julieth lo sabe porque lo vive desde las entrañas de la Fundación Cocha Molina, comprendiendo que la salvaguardia del patrimonio no es un asunto exclusivo de investigadores aislados, sino un tejido que se amarra con la voluntad de los ciudadanos que defienden su identidad con el cuerpo entero.

De esa escuela de disciplina y servicio brotó su afán por el vallenato tradicional. Julieth ha logrado tender un puente donde la rigurosidad científica de sus posgrados y su doctorado se sientan a conversar, en igualdad de condiciones, con el saber popular de nuestros viejos hacedores. La academia enseña a documentar, a sustentar y a buscar el dato exacto con rigor metodológico, pero el juglar habla desde la vida misma, sin necesidad de teorías ni de celofanes conceptuales. En su universo, estos dos mundos no compiten; se complementan.

El milagro ocurre cuando la estructura científica se arrodilla con humildad a escuchar los relatos orales que se han conservado de generación en generación. Al romper la distancia entre los libros y el territorio, el conocimiento sale de las estanterías universitarias para meterse en el corazón de los niños del Cesar, enseñándoles que ellos mismos tienen el derecho y la grandeza de convertirse en los próximos guardianes del viento y del acordeón.

Hubo un quiebre en su camino donde comprendió que los archivos históricos y la gestión de eventos eran insuficientes si las nuevas generaciones seguían creciendo de espaldas al patio de sus abuelos. El patrimonio de un pueblo no corre su mayor peligro en las grietas del olvido institucional, sino en la mudez de los mayores y en la indiferencia de los jóvenes que ignoran su propio origen.

Ser un Vigía del Alma significa dar un paso al frente y asumir la responsabilidad de transmitir el fuego. Cuando un niño descubre que un verso o una canción inédita es el espejo donde se dibuja la historia de sus antepasados, esa melodía deja de ser un simple entretenimiento de parranda para tornarse en una política pública de identidad. Las tradiciones no sobreviven en los territorios por azar; permanecen vivas porque hay comunidades tercas que deciden custodiarlas con amor infinito. Todos tenemos un fragmento de memoria que blindar: un oficio, una receta, un canto o un suspiro que no merece desaparecer bajo la neblina.

Esa sensibilidad de matrona caribeña se equilibra en Julieth con una mente disciplinada para la excelencia material. Su experiencia en el sector financiero y en la administración pública le enseñó que las buenas intenciones naufragan si no cuentan con planeación, indicadores claros y seguimiento permanente. El amor por lo propio es el combustible, pero el resguardo de la cultura exige objetivos medibles. Ella imagina una Red de Vigías organizada con rigor en cada vereda y municipio, donde el indicador definitivo jamás sea una fría estadística contable, sino la cantidad de vidas transformadas y el número de defensores activos que se logran movilizar en las plazas públicas.

Su llamado excede las redes sociales y los discursos de oficina; es una invitación a salir al encuentro de la gente en las juntas de acción comunal, las bibliotecas y los colegios. Se trata de formar ciudadanos que amen su patrimonio y que reconozcan en la cultura un proyecto de vida y un camino para tejer la paz en los territorios vulnerables. Para que este esfuerzo no se disuelva con los cambios de gobierno, Julieth insiste en la urgencia de articular una red departamental donde el Ministerio de las Culturas, la Gobernación, las alcaldías y el sector privado dejen la competencia de lado y comiencen a cooperar desde la solidaridad.

Su mayor anhelo es el mío: que ningún hijo del Cesar crezca sin saber de dónde viene y que cada ciudadano tenga la altivez de gritar ante el mundo:

“Yo también soy un Vigía del Patrimonio”. Porque un pueblo que protege  su memoria, blinda la eternidad de su futuro. ¡Obras son amores, Julieth Peraza, y tu vuelo cultural es el testimonio más bello de fidelidad a las raíces de nuestra tierra!

 

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