
Escrito por @drjimenez1a
Rosalia Manzano descansaba en su casa en Fonseca,la noche se acercaba, sobre la mesa de doce asientos cinco platos repletos esperaban tapados la llegada de las almas inquietas que allí habitaban, el agua fresca reposaba en la tinaja traída de El Jabo, Rosa vio al tipo pasar, desgarbado distraído contagiaba flojera el solo verlo caminar, Adriano se dio cuenta que ella lo miraba, altero su actitud camino hacia el pretil de la casona decidido, impetuoso,los dos sonrieron al saludarse, el sin quererlo murmuro algún poema, la hermosa mujer pasmada quien sabe por que razón seguía sonriendo quizás provocadora, en un instante sintieron conocerse desde siempre, hablaban sin parar mostrándose el uno al otro, las miradas no se esquivaban, los labios anhelaban acercarse, que vainas tiene el amor , parecía una designación, las dos mecedoras en la antigua terraza permanecían impávidas,de pronto una centella alumbraba el momento contendiendo con la luna que adornaba el cielo desde Fonseca hasta muy cerca de Cuestecita, el fragor por venir rompió el instante, los corazones aun palpitaban despavoridos cuando la lluvia descendió con entusiasmo, un vigoroso aguacero obligo a las dos almas a refugiarse cerca del desamparado comedor, la brisa se encargo de apaciguar los seis candelabros ,reinaba la obscuridad, un decrepito perro ya senil por cierto dejaba que el agua de lluvia merodeara por las llagas intentando palear las penas que trae la longevidad consigo, entre el arrullo del granizo golpeando el techo de zinc dos cuerpos comenzaban el ajetreo, Adriano no razonaba aun, Rosalia atrapada entre el extasis que produce el pecado tarde se dio cuenta que le habían perjudicado.

