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Así opinan

Pedagogía con alma de vigía: El legado educativo y cultural de Nexy Pinto Durán en la Escuela Normal Superior de Río de Oro

Por: Yarime Lobo Baute

El tiempo en la provincia tiene una manera distinta de medirse; no corre en los segundos de los relojes modernos, sino en los ecos que rebotan contra las paredes de los viejos caserones coloniales y en los patios solariegos donde el viento de la tarde amansa el calor de nuestra amada tierra.

Hay lugares que se quedan incrustados en el alma como un tatuaje invisible, un territorio sagrado al que uno siempre regresa para saber quién es. Para mí, uno de esos templos definitivos es el claustro de puertas abiertas de la Institución Educativa Escuela Normal Superior de Río de Oro, un fortín del saber fundado en 1952 para encender las luces de la docencia en el Cesar y sus alrededores.

Volver allí, cruzar de nuevo el umbral de esa infraestructura sobre la Calle El Bosque, es abrir de golpe un baúl donde la memoria deja de ser un ejercicio nostálgico y se convierte en un aguacero de sentimientos puros.
Yo era apenas una niña de once años, una pequeña interna que en 1985 caminaba con ojos asombrados por aquellos pasillos, lejos del nido familiar pero cobijada por un entorno que respiraba rectitud. En aquel entonces, la disciplina y el afecto se fundían bajo la dirección de la inolvidable Celina Cabrales Santana. Ella, con su temperamento firme y su mirada maternal, no solo gobernaba con pulso de hierro el hoy extinto internado, sino que nos abría un universo de ternura e ingenio a través de su asignatura de artesanías.

En sus clases, con hilos de colores y retazos de tela, Celina nos enseñaba la paciencia infinita de coser simpáticos muñecos de peluche y confeccionar con esmero aquellos forros con rostros de perritos que abrigaban los memorables teléfonos de discado de la época. Con esas puntadas sencillas, la señorita Celina nos estaba entregando, sin que nos diéramos cuenta, la primera gran lección de nuestras vidas: que la cultura se teje a mano y que la identidad se cuida en los detalles más pequeños del hogar.

Hace poco más de un año, el destino me concedió el milagro de volver a caminar esos mismos pasillos de mi niñez. No iba sola; iba de la mano de mi padre, Elfido Lobo Neira, buscando los fantasmas felices de mi niñez, las risas de las señoritas internas que poblaban aquellos espacios y las lecciones que esculpieron la mujer que soy hoy. Recorrimos la Normal en un día silencioso, una jornada sin el bullicio habitual de los estudiantes ni las tizas golpeando los tableros. Esa quietud nos permitió contemplar con asombro la metamorfosis física y espiritual del espacio. Las habitaciones que en otrora fueron nuestro sagrado internado, el lugar de nuestras confidencias y oraciones nocturnas, hoy prestan su noble estructura a dinámicas oficinas administrativas y bodegas de materiales escolares.

Al mismo tiempo, la expansión de nuevas y modernas aulas se levanta con orgullo sobre los lotes que antes eran solo patios baldíos y maleza.

Al recorrer lo que en otros tiempos fue nuestro hogar de internas, no pude evitar detenerme en seco frente a aquellos viejos ventanales de madera que daban a la calle. Me quedé mirándolos en silencio, recordando que estaba estrictamente prohibido abrirlos. Estaban asegurados por un cerrojo que, si bien no era pesado, resultaba casi imposible de correr dado que poco o nada se solían abrir esas ventanas. Sin embargo, aquel letargo de la madera no impedía escuchar ni sentir en lo más profundo del alma aquellas preciosas serenatas en guitarra que los jóvenes riodorenses venían a ponerle a las damiselas. Me sonreí al recordar que yo también fui una de esas damiselas de la época, suspendida en la penumbra del dormitorio, conteniendo la respiración para que el corazón no hiciera ruido.

El frío característico de Río de Oro, ese rincón fresco colgado a unos bendecidos 1.150 metros sobre el nivel del mar y acariciado por las brisas del Catatumbo, se colaba sutilmente por las rendijas.

Era una absoluta magia percibir esos acordes al otro lado del ventanal cerrado, resguardadas de la neblina nocturna; la música de guitarra ha sido siempre una expresión propia y entrañable de este pueblo para decir, en un lenguaje de poesía y cuerdas, todo lo que se lleva sembrado en el pecho. Esas melodías que lograban burlar la clausura y los cerrojos oxidados por el desuso eran también parte de nuestra educación emocional, enseñándonos a amar la belleza oculta de la provincia.

No hacían falta los gritos de los alumnos en el recreo para comprender la magnitud del milagro que hoy ocurre tras esos mismos ventanales; las paredes mismas hablaban del tremendo esfuerzo, la devoción y la magistral gerencia de la Magíster Nexy Esperanza Pinto Durán, la actual rectora y guardiana absoluta de este templo del conocimiento. Fue un encuentro hermoso y evocador con ella. Al contemplar cómo la maestra Nexy estira con pinzas de orfebre los pocos y esquivos recursos que recibe de la nación para hacer de lo poco mucho, y de la austeridad una absoluta abundancia institucional, fue inevitable que un nudo de gratitud me apretara la garganta.

Evocar a Celina Cabrales en la figura de Nexy Pinto es entender que ambas pertenecen a una misma estirpe de matronas de la provincia: mujeres que no dictan clases por cumplir un horario, sino que siembran destinos eternos a fuerza de carácter, pulcritud y voluntad inquebrantable.

La pedagogía, cuando se ejerce con verdadera alma de vigía, deja de ser un oficio de aula y se transforma en un apostolado de salvaguarda cultural. Eso es precisamente lo que la maestra Nexy ha logrado sostener con las uñas y el corazón en Río de Oro.

En una época masiva que corre desbocada hacia el olvido, el desinterés y la uniformidad de los espíritus, ella se ha plantado en la entrada del claustro como un faro inamovible de resistencia. Su gestión no se limita a la rigidez de los manuales de convivencia o a las frías estadísticas de un presupuesto público; su verdadera genialidad radica en su capacidad para proteger el Programa de Formación Complementaria. Ella entiende perfectamente – tal como lo hacía la inolvidable Celina con sus hilos y costuras de peluche o los jóvenes con sus guitarras tras el cerrojo – que formar a los futuros maestros de nuestra patria es un arte de paciencia, mística y filigrana.

Cada educador que egresa de sus aulas es una mente brillante y sensible, moldeada para esparcir los saberes, las tradiciones y la dignidad por toda la geografía caribeña. Nexy enciende el camino con el ejemplo vivo de la rectitud y la transparencia, demostrando que la gerencia honesta y el amor por la educación pública son las trincheras más poderosas para sanar el tejido social de nuestras comunidades.

Contemplar el trabajo diario de Nexy Esperanza Pinto Durán es asistir a una clase magistral de entrega en cuerpo y alma.

Mantener en alto las banderas del servicio educativo en la provincia, sorteando las distancias y el centralismo, requiere un coraje que no se aprende en los manuales de administración ni se compra en ninguna universidad. Es un ejercicio diario de fe.

Mientras caminaba junto a mi padre por los renovados rincones de la Normal, sintiendo el aire fresco de la montaña baja que abraza a Río de Oro, me inundó una profunda gratitud por la existencia de maestras y gerentes de su quilate. Su obra es un testimonio irrefutable de que la cultura y la educación constituyen nuestra familia extendida más sagrada. Es el único puente de palabras y realidades capaz de conectar los hilos de peluche y las románticas melodías filtradas por la madera de 1985 con la infraestructura moderna que hoy cobija el porvenir de la región.

Esta crónica virtual que hoy estrenamos con orgullo bajo el cielo de nuestra Red Colsafa, bajo la consigna “De Vigía a Vigía”, no es más que un acto de estricta justicia poética y un tributo al sagrado femenino que sostiene la memoria del Cesar. Es el testimonio conmovido de una exalumna de once años que regresó a su nido del pasado para encontrarlo más fuerte, ordenado, digno y luminoso que nunca, gracias a la templanza de una mujer extraordinaria. La Escuela Normal Superior de Río de Oro sigue en pie, altiva, fecunda y eterna, porque tiene en su timón a una capitana que sabe que el patrimonio no es una pieza muerta en una vitrina de museo, sino un fuego vivo que se hereda encendido.

Gracias, gracias, gracias maestra Nexy, por mantener la casa limpia, los recursos multiplicados, el conocimiento en alto y el alma de vigía intacta. Su legado ya camina descalzo por los callejones antiguos de la provincia, inscrito para siempre en el gran libro emocional de nuestra amada tierra.

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