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Santo Domingo: una tierra para quedarse

En Chimichagua, Cesar, doce familias campesinas transforman 114 hectáreas en parcelas productivas y en un proyecto de vida común. Llegaron sin conocerse del todo y con pocas pertenencias. Hoy cultivan, crían animales, aprenden a transformar lo que producen y sueñan con que sus hijos encuentren también un futuro en el campo. Diez años después de la firma del Acuerdo de Paz, su historia muestra lo que puede significar la Reforma Rural Integral cuando el acceso a la tierra comienza a cambiar una vida.
Es mediodía en zona rural de Chimichagua, Cesar, y bajo un árbol grande han puesto algunas sillas plásticas y una banca larga de madera. Allí se reúnen varias de las familias que viven en estas 114 hectáreas de tierra. Alrededor hay matas de mango y otros frutales, gallinas que atraviesan los patios, vacas, cultivos, pequeñas casas levantadas poco a poco y caminos de tierra que conducen hacia las parcelas.
A primera vista, Santo Domingo parece una finca que siempre hubiera sido así, pero, hace poco más de dos años, casi nada de lo que hoy se ve estaba allí. Las personas que ahora conversan como vecinos tampoco se conocían todas.
Llegaron en mayo de 2024, provenientes principalmente de dos organizaciones campesinas de la región. Eran doce familias seleccionadas para ubicarse provisionalmente en un predio que la Agencia Nacional de Tierras había adquirido mediante compra directa. Santo Domingo, ubicado en el corregimiento de El Guamo, fue distribuido entre campesinos sin tierra que participaban en procesos organizativos de la Comisión por la Vida Digna, la Tierra y el Territorio (CVDTT).
No todos los que recibieron la llamada aceptaron. El nombre Santo Domingo produjo confusión, ya que algunos pensaron que se trataba de otro lugar, cerca de la ciénaga, donde habían escuchado que la zona se inundaba.
Kelly Cabarcas recuerda haber llamado a su mamá.
– “Mamá, me llamaron que salió un predio para Santo Domingo”. Y ella me dijo: “No importa, mi hija, vámonos para allá”.
Kelly tenía pocas razones para quedarse donde estaba. Poco antes le habían robado las gallinas y los patos que criaba. Cuando sonó el teléfono, pensaba incluso en abandonar el campo e irse al pueblo. En cambio, hizo una maleta y comenzó otra vez.
Andrea Vanegas estaba trabajando en una finca cuando llegó la noticia. Su compañero le contó que había tierra disponible en Santo Domingo y también dudó por lo que habían escuchado del lugar; sin embargo, aceptaron y se mudaron junto con sus hijos.
Carlos Sánchez también dejó la finca que cuidaba. A él la llamada lo encontró apenas unos días después de haber comenzado un nuevo trabajo. Se despidió sin dudarlo y fue a cumplir su sueño.
Así llegaron, desde diferentes puntos, todos al mismo tiempo.

El inicio de la comunidad
Durante los primeros días, Santo Domingo fue un ejercicio elemental de convivencia: cocinaban juntos en un mismo fogón, compartían los platos, se distribuían los oficios; por las noches acomodaban hamacas en un pequeño corredor y dormían unos junto a otros.
Cuando llovía, recuerda Jorge Eduardo Flores, los cambuches no siempre resistían y tenían que juntarse para protegerse del agua.
– “Nos juntábamos así como el pavo”, cuenta Jorge Eduardo Flores al recordar aquellos primeros días.
Habían llegado con pocos enseres y muchas incertidumbres. Él había dejado atrás su casa y una pequeña siembra de yuca. Dice que llegó con “unos pocos trapitos”. Jorge tiene 68 años y dice haber nacido en una familia campesina; toda la vida ha cuidado plantas y cultivos y sueña con seguir haciéndolo, quiere criar cerdos, tener gallinas y unas dos o tres vacas.
– “Ser productivo para comer sano. Esto me fascina. Ese era mi sueño, tener un terreno propio.”
La locura de Normi que contagia el ambiente en Santo Domingo
Normi García Rojas llegó a Santo Domingo por una historia que comenzó mucho antes que la suya. Su padre había trabajado durante años en tierra ajena; ella, en cambio, era estilista.
Cuando su papá comenzó a participar en una organización campesina con la esperanza de conseguir tierra, Normi lo acompañaba, aunque sin demasiada convicción. Le ayudaba con las cuotas y los gastos de las reuniones e, incluso, se burlaba cariñosamente de aquella insistencia.
– “Yo le decía: “Papá, ¿y su locura? Nunca van a dar esa tierra”.
Hasta que un día su padre regresó de una movilización y le pidió con urgencia una fotocopia de la cédula.
– Me dijo “Quedé en la lista, van a entregar un predio”. Yo solté lo que estaba haciendo y él arrancó adelante y yo arranqué atrás.
Lo que comenzó acompañando la “locura” de su padre terminó transformando también su vida. Normi dejó el secador, la plancha y los químicos del salón de belleza y se convirtió en una de las lideresas de ASOPRONATURA, la Asociación de Campesinos Protectores de la Naturaleza y el Campo, conformada por las doce familias beneficiadas de dicha tierra.
El predio se distribuyó mediante sorteo y tres hectáreas quedaron como espacio comunitario. Con el tiempo dejaron de ser doce familias que habían coincidido en una lista, empezaron a ser comunidad. Durante más de un año, Normi hizo vocería, gestionó el título y proyectos y, como ella misma lo cuenta, se dedicó a “animar” para que las familias se mantuvieran en el territorio.
Normi insiste en que Santo Domingo no puede contarse sin quienes acompañaron la lucha campesina que lo hizo posible, recuerda especialmente el apoyo de la Comisión por la Vida Digna, la Tierra y el Territorio. ASOPRONATURA continúa vinculada a ese proceso organizativo.
Sembrar y resembrar

Arturo Vanegas aceptó irse a Santo Domingo pensando que se trataba de un lugar cerca a la ciénaga. Hoy en día vive feliz en este predio junto a su familia. Recorre en su motocarguero cerca de un kilómetro hacia el interior del predio hasta llegar a su parcela. Allí muestra con orgullo que cultiva plátano, yuca y sandía; ha sembrado nuevos árboles y tiene algunas vacas.
Pero no todas son buenas noticias. Con preocupación, muestra cómo un gusano amenaza ahora la yuca. Arturo sigue sembrando “de a poquito” y despejando el terreno para cumplir otro sueño, el de criar bocachicos.
El recorrido continúa por las parcelas de sus vecinos. Andrea tiene cerdos y un estanque con bocachicos, también prepara chicha de maíz; Kelly prepara yogures y bollos de maíz; Nayibe, jugos de frutas y de arroz. Parte de estos productos los venden a la entrada de la finca, pequeñas economías que complementan lo que cultivan y crían.
Para Normi, tener tierra propia cambió incluso la manera de pensar el futuro.
– “Antes íbamos de finca en finca. No planeábamos mucho porque sabíamos que teníamos que irnos y todo se quedaba ahí. Ahora sabemos que aquí vamos a vivir y, si no estamos nosotros, están nuestros hijos”.
La tierra y lo que viene después
En estos dos años, las familias han ido encontrando aliados. La CVDTT ha acompañado su fortalecimiento organizativo y ha apoyado la formulación de iniciativas para acceder a programas de la Agencia Nacional de Tierras.
El SENA, por ejemplo, desarrolló un proceso de formación para la cría de pollos de engorde y entregó 200 aves y alimento para su ciclo productivo. Cuando vendieron los últimos pollos, las familias reinvirtieron parte de las ganancias en un galpón y en nuevos animales.
El Programa Sembrando Vida de la Agencia Nacional de Tierras (ANT) y Finagro seleccionó la propuesta de ASOPRONATURA para fortalecer cultivos de maíz, sandía y yuca. Desde julio de 2026, el proyecto cuenta con resolución, aunque todavía está pendiente el inicio de su implementación y el desembolso de los recursos asignados.
Una década del Acuerdo de Paz
A diez años de la firma del Acuerdo Final de Paz, Santo Domingo permite mirar la Reforma Rural Integral desde la vida cotidiana de las familias campesinas. El acceso a la tierra no significa solamente contar con un lugar para cultivar; para quienes durante años trabajaron en fincas ajenas, significa poder quedarse, planear y construir un proyecto de vida propio.
En estas 114 hectáreas, ese cambio empieza a tomar forma. La tierra les permite pensar más allá de la próxima cosecha, de mejorar sus viviendas, fortalecer la producción, transformar lo que cultivan y crían, y generar ingresos que les permitan vivir dignamente del campo.
Y quizás allí esté una de las transformaciones más profundas: que la tierra que sus padres buscaron durante tantos años pueda convertirse en un legado para una nueva generación; hijos que estudian, que empiezan a involucrarse en las parcelas y que pueden encontrar razones para volver. En Santo Domingo, la tierra propia no solo está permitiendo echar raíces, también está abriendo la posibilidad de que otros quieran quedarse para cuidarlas.

