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Versos de la tierra y memoria viva: La obra poética y cultural de Margladys Araujo en San Diego, Cesar

Por: Yarime Lobo Baute

Homenaje a Margladys Araujo Murgas

San Diego es un territorio que se revela en el murmullo de los viejos patios, en el aroma del café que se cuela temprano y en los cantos que el viento transporta por las laderas de la Serranía del Perijá. No es un pueblo que se agote en linderos de cemento; es un estado del alma donde el revuelo lírico es tan natural como la lluvia de la tarde. En estas calles, las tejas de barro sudan nostalgias y la tierra tiene la costumbre hermosa de parir creadores, extendiéndose hacia corregimientos memorables como Media Luna o el místico Tocaimo, donde el maestro Leandro Díaz agudizó los ojos del espíritu para adivinar el color del mundo. En este suelo sagrado, la palabra no es un adorno; es un destino. Y el destino de Margladys Araujo Murgas ha sido el de transformar sus silencios en un fuego capaz de alumbrar la penumbra de toda una provincia.

Al adentrarme en su universo, comprendí de inmediato que este encuentro habitaba una dimensión ajena a las distancias de la geografía. Aunque nuestros cuerpos no compartían el mismo espacio físico, un puente metafísico hecho de fonemas, suspiros y complicidades comenzó a tejerse entre nosotras a través de la palabra escrita y hablada. Sus audios y mis transcripciones dejaron de ser fríos archivos digitales para convertirse en un entrelazamiento de almas donde el tiempo se dilató por completo. Escuchar sus respuestas fue asistir a un acontecimiento donde lo maravilloso interrumpe la seriedad de los días con total frescura: a mitad de la grabación de sus notas de voz, una mano anónima golpea a su puerta en San Diego. Margladys suspende la mística de su relato con una carcajada limpia y me confiesa que debe detenerse porque le traen una sopa para el almuerzo.

Entre esa espontaneidad de pueblo y las confidencias más puras, su voz pasa de la risa al llanto en un segundo. Se quiebra de la emoción y me lanza una confesión que me estremece el pecho: «Ay Yari, me has puesto es a reír, hace rato no me reía. Me has dado alegría, tenía años que no me reía. Me has sobrevivido, me has sacado de mis propias cenizas». En ese instante supe que esta conversación ya había cumplido su propósito más místico: sanar a través del encuentro de dos espíritus, tocando el alma en todas sus facetas emocionales, sacando lágrimas, risas y reviviendo el amor amor, ese que nos divierte y nos hace olvidarnos de la muerte.

Su viaje con las letras comenzó a la temprana edad de los trece años. Eran esas anotaciones silenciosas que uno hace en los cuadernos del colegio; un impulso adolescente de coger el papel, guardar un pensamiento, romperlo al día siguiente con rabia y volverlo a empezar. Así fue cultivando y resguardando un diario juvenil cimentado en vivencias privadas, sin imaginar jamás que esos textos llegarían a convertirse en poesía. Fue solo por allá en 1993 cuando decidió hacer un compendio de esas libretas guardadas y dar a luz a Ritual de la nostalgia. Ella misma lo define como la búsqueda de un destino comprometido con el poder del verbo, un canto al amor, a los recuerdos y a toda esa cantidad de hechos que empujan a un ser humano al desvelo. Porque, como bien lo asegura con la sabiduría que dan los años, no hay combustible que ponga a escribir más a un creador que una buena decepción. De esos quiebres del alma nació su ópera prima.

Pese a que en aquella época la literatura y la creación lírica estaban profundamente rezagadas para el género femenino en el departamento del Cesar, Margladys decidió arriesgarse contra los prejuicios del entorno. Inicialmente miraba su obra con el temor del debutante, llamando a sus escritos “mis primeros pininos”. Se preguntaba con timidez si a la gente le iría a gustar o si recibiría el rechazo de una sociedad acartonada. Pero la fuerza interior fue superior al miedo: se repitió que era necesario sacar todo lo que llevaba dentro, toda esa carga innata que nació y creció con ella. Debía hacer un gesto de valentía, un acto de fe, y ese gesto fue su primera publicación.

Con ese libro primigenio quiso volver las ilusiones poesía. Y le salió. Se sintió contenta, asumiendo con humildad que, aunque no sentía aún el rigor de un poema fuerte o maduro, entendió una gran lección: uno tiene que arriesgarse para poder hacer.

Esa eclosión mística se conectaba con las raíces de su árbol genealógico. Margladys es depositaria de la herencia creadora de su padre, Carlos Arturo Araujo Redondo, propietario del recordado aserradero Universal, y de la inmensa veta musical de su tío Hugo Araujo, el compositor de páginas imborrables de nuestro folclor como El jardincito y La diosa divina. Hay en su sangre un trino de identidad que también se amarra al parentesco de José Antonio Murgas, uno de los patriarcas fundadores del Cesar.

Pero la madera fina para resistir los embates de la vida la heredó de su madre, Celina María Murgas Guerra. Margladys evoca su origen con una honestidad desarmante que estremece el pecho: recuerda los días de infancia en un hogar truncado por las dinámicas complejas de las familias numerosas de antaño – donde su padre tuvo veinte hijos-, y cómo le tocó salir a la calle a vender plátanos «con la pata pelá», naranjas, culantro y cilantro para ayudar a la subsistencia. Doña Celina, comerciando con café, algodón y abarrotes, sacó adelante a su prole. De esa escuela de tenacidad brotó la sensibilidad de la poeta: una mezcla única de nobleza y una sutil ironía que le permite mirar de frente a los dolores del mundo.

Cuando entramos en el territorio de su segundo libro, El color de la ilusión, la voz de Margladys se vuelve un río de certezas íntimas. Me explica que es justamente allí donde la mujer caribeña puede desnudarse, despojarse de las máscaras sociales y asumir sus caídas no como derrotas, sino como peldaños que la fortalecen. Su obra entera es una hermosa concatenación de hechos y situaciones íntimamente ligadas; un espejo transparente que le grita al lector: «esta soy yo misma». El color de la ilusión es el canto a ese amor entre dos personas del que pronto nunca se ha hablado, es el afán de conquistar nuevas posibilidades por descubrir el camino óptimo y crear un mundo más acorde a nuestros pensamientos, a nuestras ideas y fantasías. Su nombre lo dice todo. Treinta años después, Margladys confiesa que sigue habitando ese poema que, sin pretender un rigor academicista o profundo, brota de lo más hondo de su ser en una continuidad perfecta con la melancolía que traía desde su primer ritual.

Pero entonces, al evocar Nostalgia en prisión, la voz de Margladys se acorta, se quiebra en un hilo de emoción contenida. ¿Cómo hizo para sobreponerse a las dificultades y problemas en un espacio tan doloroso como la cárcel? Su respuesta es un testimonio de fe pura: tocó aferrarse a Dios primero, y luego a la palabra como un hecho dominante arraigado en sus raíces. Aquí, mientras graba este fragmento para mí, Margladys se quiebra. Llora. El llanto interrumpe su voz porque recordar el cautiverio es reabrir una herida que el tiempo no termina de cerrar. Evoca aquellos días como los más largos del universo, un encierro donde se vive un nudo asfixiante de melancolía, dolor y pesar. En el presidio, lo que más anhela la devoción interior es la libertad, pero toca aprender a aferrarse a los días de sombra sin quererlo, soportando huellas que lastiman lo más profundo del alma.

Es en esta fractura del tiempo donde la crónica de Margladys se transforma en una hazaña mitológica. La prisión se convirtió en el escenario de un descenso alquímico, un viaje forzado a las profundidades de su propio subconsciente. Bien lo intuía Carl Jung al advertir que los muros más altos no se construyen con ladrillos, sino en los laberintos de la mente, y que aquel que mira hacia adentro corre el riesgo de despertar a sus propios demonios o de encontrar su luz más pura. Margladys cruzó esos túneles mentales como una verdadera heroína de realismo mágico. Cuando el cuerpo quedaba atrapado contra el cemento y los ángulos de hierro inmolaban su libertad física, su subconsciente quebraba los candados de la celda. En esos mundos subconscientes de su cautiverio, las paredes grises se agrietaban de forma fantástica para dejar brotar enredaderas tupidas de trinitarias de un fucsia encendido e irreal, cuyo perfume de seda inundaba la sombra. De las esquinas frías nacían de repente ríos silenciosos que arrastraban hojas secas de cañaguate, mientras bandadas invisibles de mariposas amarillas revoloteaban hacia el Perijá, burlando a los guardianes. La poesía operó entonces como el gran mapa de navegación en la neblina. En esos sótanos del alma, donde la noche llega en plena tarde y se borra el derecho a mirar las estrellas, ella descendió desarmada y regresó con un tesoro incalculable: la certeza de que la fragilidad humana no es una debilidad, sino el combustible más puro y poderoso para la creación. Supo defender la sensibilidad no como una flaqueza, sino como el mayor y más alto patrimonio de un territorio.

De ese misterioso proceso de transmutación brotó su cuarto poemario, Huellas de silencio, que es la secuencia exacta de ese dolor que venía arrastrando. Margladys me lo dice con una lucidez tremenda: «No hay que esconder lo que se siente, Yari; no hay que disculparse por ser demasiado sensible y demasiado frágil, porque ya hemos aprendido que lo que duele, enseña, y que todo en esta vida es temporal». Aunque en esas páginas tristes utilizó la lluvia, la soledad y el invierno como herramientas para sobrevivir, las cicatrices quedaron marcadas en su piel y en su alma. Ella quería seguir viviendo aún después de su muerte, porque define la cárcel como la antesala de la muerte misma. Huellas de silencio fue su manera de continuar conviviendo con esos recuerdos que tocaban las puertas de su alma y que hacían los latidos de su corazón anárquicos, débiles e intranquilos; fantasmas nocturnos que la visitaban intentando llenar el vacío sólido que había dejado un quiebre familiar.

Ese puente doloroso la condujo a Camino de sueños, el resumen definitivo de su andar, que hoy se funde en su gran antología Fragmentos de la memoria. En esta etapa de su obra, el amor sangra igual que la ternura; hay cicatrices y nostalgia, pero la ilusión se transformó en la gran muralla para resistir la dureza del mundo. Hoy, Margladys interpreta y comunica emotivamente sus sentimientos a través del silencio, que para ella no es más que la memoria de aquello que se pierde en el camino. Se siente tranquila, llena de una espiritualidad profunda, fortalecida en Dios y extasiada en un laberinto de sensaciones bellas y complejas.

Al preguntarle por su apasionado poema Quédate conmigo, me responde con una paz que desarma: «Ya yo colgué todas esas ilusiones y todos esos amores. Ya pasé el tiempo de estar enamorada. Más bien estoy en el precipicio de la mansedumbre, ese lugar donde el destino me ha querido colocar». Su corazón ahora canta a un ritmo suave, sin prisas. Sigue verseando, cantando, haciendo chistes y dando recitales porque ama la vida, a sus hermanos y a sus amigos. Sabe que sin Dios no somos nada.

Ese equilibrio entre la sensibilidad y la acción pública encuentra su explicación en una historia hermosa. Al preguntarle cómo logró gobernar San Diego y liderar la cultura del Cesar sin marchitar a la poeta, me aclara con nostalgia que fueron épocas muy distintas. Llegó de Bogotá con el frescor de la juventud, teniendo apenas 23 años, cuando recibió el inmenso susto y la responsabilidad por decreto de asumir la alcaldía de su pueblo natal. Venía de hacer periodismo y se encontró de frente con el honor más grande de su vida. En ese San Diego de antaño no existían las rencillas políticas, el odio, las amenazas ni los atentados que empañan el presente; era una época linda donde los niños la confundían con el presidente de la República e iban a su despacho a hacer las tareas escolares. Le tocó inaugurar el festival de la poesía y pavimentar con orgullo una calle en el corregimiento de Media Luna. Mientras gobernaba con inteligencia y rigor, la poesía seguía guardada como un amor escondido, mirando por la rendija de la ventana de la alcaldía, floreciendo en secreto hasta que finalmente pudo editar su primer libro en 1993.

Hoy, lejos de los micrófonos públicos y las plazas políticas, Margladys escribe y vive su poema más trascendente, puro y real en el silencio del patio familiar. Se ha dedicado en cuerpo y alma a cuidar el descanso de su madre, doña Celina, quien está próxima a cumplir 97 años este 15 de septiembre. Acompañar sus espacios, velar por sus silencios y contemplarla es asistir al milagro de la estirpe caribeña. A sus casi diez décadas, doña Celina sigue siendo pura matrona: es ella quien todavía ordena con voz de mando qué sábana se le va a colocar a la cama, qué se va a preparar de almuerzo y vigila con rigurosidad si su hija se baña o no se baña. «Mi vieja bella, a la que amo», dice Margladys con un hilo de ternura infinita. Confiesa que este, su poema mayor, no nació en la pandemia, aunque en esos días oscuros les tocó sufrir y batallar juntas contra dos contagios de COVID que les golpearon duro. Fue un desafío monumental que rozó los linderos de lo irreal, pero salieron victoriosas, porque el amor de una madre no tiene reemplazo en la historia de la vida; es lo más precioso que se puede poseer.

Cuidar de ella es la tarea más fácil y el amor más grande con el que se pueda asumir un deber. Verla hoy, hundida con gracia en su ancianidad, con su cabecita completamente blanquita, el rostro agotado por el viaje de los años y un caminar de paso incómodo, pero llena de una fuerza, un vigor y un alma arrolladora, es la inyección de vida que mantiene a la poeta de pie para seguir permaneciendo en el mundo. Margladys confiesa con honestidad que le hubiese encantado heredar de su madre ese temple de acero, su fuerza descomunal, su carácter y su dominio absoluto. Admite que, en este tránsito terrenal, la fragilidad y la sensibilidad extrema a veces no sirven de mucho; y aunque son tesoros que no se deben esconder ni perder, la templanza de doña Celina hubiese sido la herencia más hermosa para sortear los dolores. Sufrir demasiado hace que se pierda el tiempo, la salud y jirones de la propia existencia. Por eso, doña Celina se yergue en el patio de San Diego como un monumento vivo a la fortaleza, al amor, a la ternura y al carácter indomable.

Al cerrar nuestro encuentro y abordar su dimensión como guardiana de la memoria, se reafirma su esencia definitiva. «Yo siempre me he sentido una Vigía del patrimonio y no sé por qué, pero es que yo quiero, amo y valoro la cultura», me confiesa con una vehemencia que enciende el ambiente. Su gran anhelo es que esa llama ardiente jamás se apague, que sus versos continúen transitando los espacios del silencio y la ternura, asegurando que su poesía nunca muera. Su nostalgia misma es la gestión cultural, un territorio del que nunca debió marcharse y al que hoy, a través de este canal y de nuestras complicidades, regresa por la puerta grande. El retorno viene acompañado de un hecho ineludible en la historia de nuestro departamento: Margladys se prepara con determinación para constituir la Fundación Social y Cultural “Afecto”. El nombre no es una elección al azar; para ella, el afecto es la expresión máxima de la vida, un instinto vital cuya ausencia transforma la existencia en un páramo monótono. Con esta fundación, su objetivo será puramente social y cultural, un faro para cobijar a los creadores de la provincia. Al despedirse, me lanza una propuesta que acepto con el alma conmovida: «¿Me acompañas? ¡Te espero!». Por supuesto que sí, hermana de letras.

Margladys Araujo Murgas es una custodia celosa de nuestro patrimonio inmaterial, una mujer que nos demuestra que nuestra identidad es verdaderamente importante por lo que somos capaces de realizar y por las huellas profundas que dejamos al caminar. ¡Obras son amores, Margladys, y tus versos de la tierra son un faro eterno que protege el alma de nuestro departamento!

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