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Cirirí Del Jirafo

El Escape de ‘guacoche’

Escrito por Alberto Muñoz / @albertomunozpen / elhijodedonjulio@gmail.com

A esa hora de la mañana, eran las nueve, me encontraba en el despacho de la Dirección, sumido en la quietud del ser, ensimismado, en la paciente espera del movimiento diario. Los viernes son de alegría en cualquier centro carcelario, mucho más en el del barrio Dangond de Valledupar, porque los internos esperan la visitas en sábado y domingo. De repente me encontré con pensamientos de la película “Papillon”, basada en la novela autobiográfica de Henry Charriere, publicada en 1969. Conocido como Papillon (mariposa, en francés), fue un preso francés acusado de un crimen que no cometió y sentenciado a trabajos forzados a perpetuidad en las colonias francesas. En su libro titulado Papillon, adaptada al cine en dos ocasiones con el mismo nombre en 1973 y en 2017, narra las memorias de su estancia obligada en la colonia penal, sus aventuras tratando de fugarse, sus intentos fallidos, sus amistades y finalmente su libertad.

Sin repararme del impacto inicial “vi” en mi mente algunas imágenes de la película “Expresó de media noche”, que había tenido la oportunidad de apreciar recientemente. El libro expone las experiencias de Billy cuando, siendo un joven estadounidense, fue enviado a una dura prisión turca por haber tratado de contrabandear hachís de Turquía a los Estados Unidos. En 1978, el libro fue adaptado en una película homónima, en co-producción estadounidense y británica, protagonizada por Brad Davisy dirigida por Alan Parker.

De manera rápida la intuición me tranquilizó con un “eso aquí no pasa, aquellas fueron fugas llevadas a cabo por personas que aquí no tienes, al menos de esa dimensión”. Seguí pensando, entonces en los versos de “El preso”, un éxito musical de Fruko y sus tesos, en la voz de Wilson Saoko: “En el mundo en que yo vivo, siempre hay cuatro esquinas, pero entre esquina y esquina, siempre habrá lo mismo (…) condenado para siempre, en esta horrible celda, donde no llega el cariño, ni la voz de nadie; aquí me paso los días, y la noche entera, solo vivo del recuerdo, eterno de mi madreeee…”. Me entristecí y sobrecogido recordé los cuentos de la fuga, en esta cárcel, de Ufo Mestre, con apoyo exterior. Caí en cuenta del peligro de ataques al establecimiento pero también de la permanente intención de algún recluso obtener su libertad ‘volándose’ por cualquier lado, a cualquier hora y de cualquier manera. Oré, con fe y la certeza de que solo en las manos de Dios es posible salir adelante. Había un silencio extraño, que se sentía por todas partes y limaba cualquier preocupación.

En esas estaba cuando de la nada se escuchó un disparo de fusil, en seco y al instante las carreras del personal de guardia que se alistaba para conducir remisiones a diferentes despachos judiciales de la ciudad. Uno que otro grito y todos en camino de la garita 2 de dónde provino la alarma. Salí en el acto dirigiéndome hacia el puesto de vigilancia indicado, me detuve en el sector de la hortaliza, a unos cuarenta metros de la garita. Allí estaba la zanja que estaba trabajándose para conectarla a la red de alcantarillado. El tácito presentimiento se hizo realidad: ¡fuga! “Un recluso se salió por la zanja, por eso disparé, avisó el guardia de turno”. ¿Cuántos escaparon? Preguntaba con angustia el comandante de vigilancia. Uno nada más, le repetían una y otra vez, pero él insistió todo el día en esa pregunta, como entre tensión emocional tal vez.

Regresé pronto al despacho, por el teléfono fijo avisé a la Policia, a otras autoridades. Volví a Orar con muchísima fe, le pedí ayuda a Dios, que asumiera el control. Ya había avisado al Batallón La Popa, pero me llegó una indicación interior, sin pensarlo dos veces llame al B-2. De manera rápida aparecieron en la puerta del establecimiento y ofrecieron el mayor apoyo posible.

El guardián Dairo Suárez, encargado del control de los internos trabajadores, a quien por escrito a través del Comando de vigilancia y, mediante consignas de orden permanente, que todos los días le repetía una y otra vez, quien debió tener clara la prohibición  de sacar internos condenados a más de cinco años de prision a trabajar en el Área de hortaliza ni fuera del patio correspondiente mientras se llevaban a cabo los trabajos de zanjado y conexión al alcantarillado externo, solicitó permiso para entrar, una vez autorizado situó en la esquina derecha del escritorio una botella plástica repleta de chicha de maíz, rosada, fría y apetecible. La dejó caer por el miedo cuando, luego de anunciarme que el interno fugado era José Rodriguez alias “guacoche”, le pregunté quién autorizó su salida a trabajar toda vez que se trataba de un recién condenado, a más de quince años de prisión, por homicidio.

Muy rápido se organizó la persecución por grupos de guardianes, policiales y personal del DAS y Sijin. Como siempre, el penal se manetenía en silencio estricto que es lo usual, cuando se produce una fuga o cualquier hecho delictivo de alto impacto. El dragoneante Gustavo Marulanda Añez, conductor de servicio y guardián ejemplar, se movía con inteligencia y efectividad.

Sobre el medio día el panorama era inquietante, nada se sabía del prófugo. Todo el personal de guardia destacado a la misión de recaptura se mantuvo en movimiento, salvo una unidad que hábilmente se “infiltró” -según lo alegó después- en el salón de billares de mayor movimiento en el sector, ya que se le ocurrió que el prófugo intentaría camuflarse como billarista. Después de jugar una decena de ‘chicos’ y haber consumido más de treinta “frias” fue a su casa, pernoctó y al siguiente día se presentó a la formación con un informe pormenorizado de ‘lo que pudo ser pero no fue’, contó de su turística “búsqueda” y pidió ‘licencia’ para continuar ese día en la acción detectivesca que no le fue autorizada, por supuesto.

A las 2 pm una unidad del B-2 del Ejército, llegó al establecimiento y me entregó un papelito: “en esa dirección está escondido el bellaco que se ‘voló’, búsquenlo bien señor Director y no lo dejen ir”. Coordiné lo pertinente y con toda la prudencia que el caso exigía, se dieron los pasos legales para proceder de conformidad. Cuatro horas después, luego de buscar por todos lados, haber destapado todas las ollas, revisado la ropa limpia y la que no, escarbar y buscar en todos los rincones, nada de nada. Sintiendose el fresquito de la tarde, que preludia la noche,

el momento se tornaba inquietante, desesperante y atemorizante. Uniformados buscaban, rebuscaban y nada que “Guacoche” esa encontrado. Fue en ese punto de la tarde en que una unidad indicó que podía tratarse de una jugada “ponernos a buscar en esta casa, mientras el tipo se aleja con rumbo incierto. La mayoría de los presentes, incluidos varios habitantes de la casa, se mostraron de acuerdo con esas palabras. Opté por disponer la continuación de la búsqueda en el lugar, a pesar de otras voces que sugerían salir e incrementar la búsqueda en otros espacios del sector. La incertidumbre volcó su fuerza insoslayable. Hasta cuando el guardián más inoperante que teníamos, me llamó aparte y con docilidad de sacristán me ‘llevo’ detrás de la letrina para decirme “no le

parece extraño ese cascarerio, será  que hacen patacones aquí para pelar tanto platano…se ve que comen buen mamon tambien”. No le presté atención a lo de las cáscaras de plátano y menos a las de mamon porque estábamos debajo de un árbol frondoso. Otra unidad de guardia se acercó mientras caían dos ‘tapitas’ de mamon. Rápido como un relámpago subió al mamonero e invitó a un policía a acompañarlo.

Miramos hacia arriba y vimos el ‘mecido’ de las ramas ubicadas en el copito, cuyo follaje era tan tupido que impedía ver dentro: de manera armoniosa iba y venía, como ‘la macorina’ de mi compadre Rodrigo Hernandez Buelvas. Allá estaba el hombre, feliz con la ingesta de mamon dulce y abundante, todavía le quedaban unas tres ramas vecinas, cargadisimas, de manera que hubiera podido resistir más tiempo hasta cuando se clausurara, o se suspendiera, el operativo. Luego de la recaptura retornamos al centro de detención y pena. El recaptura do se mantuvo en silencio hasta cuando en la requisa de rigor, sacó mamones, todos de dos pepas, de los dos bolsillos de la pantaloneta, con Mu poca capacidad de almacenamiento. Tomó aire, recargó con fuerza su área pulmonar y con voz crepuscular imploró: ay mi cabo, metame al calabozo si quiere, pégueme, haga lo que sea conmigo, pero no me quite estas cinco fruticas, ¡muchos mamoncitos bacanos!

Cerraban ya el candado de la celda de aislamiento donde se le ubicó, de manera provisional, mientras “guacoche” se paladeaba con el último mamón, se escuchaba a lo lejos la tonada mayor, en la voz de Piper Pimienta: “Virgen de las Mercedes, patrona de los reclusos, dame si puedes, la libertad y recursos, para salir de esta celda, donde me encuentro amargado…”.

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